Políticamente incorrecto

Moriría en sus merenderos

ahogado por sus banderas

aporreado por sus canciones

 

aborrecido por sus soldados

corneado por su sentido del humor

asesinado por su inquietud.

no soy como

los demás

ardo

en el infierno

 

el infierno que

yo mismo soy

 

DESPLAZADO, Charles Bukowski

 

El ser humano ha sufrido desde el inicio de la historia todo tipo de ataduras que han creado una congoja en su mente de la cual nunca nos hemos logrado desprender.

Cuando no era Robespierre con sus amenazas de cabezas rodando por la guillotina, era la Santa Iglesia y sus cruzadas, el señalar como brujas o herejes a todo aquel que no practicase la religión cristiana. O la eterna amenaza de guerra y, con la guerra, la posibilidad de encontrar en el buzón de tu casa una carta en la que te recomendasen amablemente alistarte al ejército.

De ellos, los hay quienes decidían cortarse un brazo o una oreja para así poder regresar a sus casas como, por ejemplo, Paul Grappe. También aquellos que se exiliaron huyendo de las garras de su opresor como Max Aub o Alberti. O los que simple y llanamente prefirieron ver sus ojos cerrados a su boca aplastada.

Hoy en día no tenemos cruzadas, ni guillotinas en plazas públicas, ni silenciosas invasiones, que sepamos. Pero hay un miedo peor que el que siembran esos acontecimientos. Existe un miedo, inherente al ser humano que duerme en nuestras conciencias, nos acompaña a la hora de comer, en el trabajo, cuando compramos ropa o cuando encendemos la tele y la apagamos rápidamente. Ese es el miedo a lo políticamente incorrecto. Y dirás, ¿peor que una guerra? Sí, peor que una guerra. Cuando se da un conflicto bélico, o en su representación más banal, una discusión, las personas actúan movidas por pasiones. No solo el amor es pasional. La guerra es la pasión de defender un ideal y llevarlo hasta el extremo de morir por él. Todavía no he visto muchas guerras por amor -Romeo y Julieta y Paris y Elena eran en realidad los teloneros de un amor/odio social más profundo y viejo-.

El ser políticamente correcto, lo que viene siendo en conclusión esconder las palabras y cerrar los ojos, aminorar las críticas y contaminar la verdad, está a la orden del día.

De pequeños nos enseñan a no responderle a nuestros abuelos, de callarnos cuando nos regaña nuestro padre o madre, que el hermano mayor sea el que tenga más obligaciones y por lo tanto mayor poder. Nacemos con miedo, temblando. Miedo a llorar, miedo a caernos por si nos regañan, miedo a reprochar y echar en cara.

Y cuando crecemos llega el momento en el que tenemos que plantar cara. Llega ese momento en el que ves delante de tus propios ojos cómo se está cometiendo una injusticia, como están vulnerando los derechos de una persona y nos callamos. Porque no podemos levantar la voz, porque es cosa de dos y no nos incumbre. O nos dan la posibilidad de expresarnos, de hablar y opinar y no lo hacemos.

Puede que sea mejor que entendamos esto como un relato de ficción aunque todos sepamos que es la realidad. La realidad contada con las palabras de quien lo sufre.

Ella sabía que aquello que hacían era ilegal. La historia de una mujer que quiere trabajar. Siempre le habían gustado los perfumes y por fin iba a trabajar con ellos. “Los voy a mimar, los voy a querer, porque ellos han puesto olor a mis días. Tú me has recordado que he sido joven, que me he adornado y conquistado a mí misma, que sigo siendo guapa. Tú también me has acompañado cuando he crecido, has estado conmigo y me has visto hacerme mayor”. Ella trabajaba en el cielo, en su paraíso, hacía lo que quería. Pero siempre que la visitaba veía en su miraba un remolino que no se escondía. Un brillo que desaparecía conforme se consumía el tiempo. Estaba ahí. La prueba de que no descansaba ni tenía derechos, ni voz ni voto. Sólo tenía dinero a fin de mes y con ese dinero compraban su interés. No tenía dos días libres, para echarse ese perfume con el que tantas horas pasaba y al que no podía ni tocar. No tenía un reconocimiento legal a nivel laboral. Por lo tanto no iba a poder disfrutar, como cualquier trabajador, del momento en el que el perfume de la vejez llegase a su piel. Vivía con miedo a hablar. Miedo a decir que aquello que hacía estaba mal. Pero debía callar porque si no es ella había cien más esperando a ocupar su lugar. Y yo sufría con ella la amargura de conocer el pecado y no poder culpar al pecador.

Dos personas que callan por no entrar en discusión, por no armar revuelo. Dos personas que callan por no cambiar el sentido de la corriente. Por no desembocar en un mar en el que se puedan ahogar. Pero ese es sólo el resultado. El comienzo es mucho más prematuro. Puede que la base de las injusticias sea el ser políticamente correctos. Callarte si te ponen espaguetis y no te gusta la pasta. Bajar la mirada cuando alguien pregunta con retintín a quién no le gusta el fútbol, o la televisión.

Como en El traje nuevo del emperador, nuestras opiniones y creencias han sido autocensuradas por miedo. No seamos el eco de las palabras de otros, ni el adorno de los oídos de nuestros vecinos.

¿Quién puede amar al estornino?

Es un pájaro sin educación;

Tiene a pesar de ser tan pequeño

un genio muy vivo.

 

Ahí, posado en su rama,

No dice nada. Bestia traidora

Se escabulle hábilmente

Si al soneto le falta una rima

 

Tiene espíritu demoníaco,

Y olores de amoníaco

Se escapan bajo sus pies.

 

Nunca quiere sernos útil

Así que en cada volátil

Si llega el caso conviene…

 

¿QUÉN?, Boris Vian

(Imagen de portada: fotograma de El ángel exterminador de Luis Buñuel)

@Celia Arcos

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