Arquitectura estelar

Si buscamos en Google el nombre del archiconocido arquitecto español Santiago Calatrava, nos toparemos con entradas como procesos judiciales abiertos, polémicas, críticas a la ejecución y al mantenimiento de sus obras y al sobrecoste de otras, remodelaciones, indemnizaciones y dimisiones de cargos públicos que le encargaron sus servicios y a los que el pueblo rindió cuentas de su malogrado y sobredimensionado proyecto.

A sabiendas de que la notoriedad no va de la mano de la magnificencia en muchas ocasiones, si preguntáramos a cualquier español (o incluso extranjero) por un arquitecto español apostaría a que el nombre que más resuena sería el del valenciano. Ese arquitecto conocido principalmente por la mastodóntica obra de la Ciudad de las Artes y las Ciencias en Valencia, con algunos de sus edificios que se caen literalmente a pedazos y con un coste final de unos diez mil millones de euros -cuando se presupuestó inicialmente en unos trescientos- .

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El Umbracle a la izquierda, en el centro de la imagen L’Hemisfèric y al fondo el Palau de las Artes Reina Sofía

Por lo general, el exceso resalta y resulta atractivo a los turistas y a los que no somos entendidos en esta materia y habitualmente castiga al plano secundario a obras mucho más elegantes y pulidas. Este es el paradigmático caso que ocurre en su buque insignia de la Ciudad de las Artes, donde el único edificio que él no proyectó pasa prácticamente inadvertido para el ojo inexperto, pero es el más estimado por los cultivados en esta materia, el Oceanogràfic, desarrollado por un despacho de ingeniería basándose en formas ideadas por el brillante Félix Candela. Hasta al arquitecto inglés Norman Foster encandiló al basarse en las formas de los paraguas invertidos de Candela para las famosas gasolineras de Repsol.

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Gasolinera Repsol-Foster

Aún a pesar de la vistosa mediocridad -de algunos de sus diseños- y de la dificultad de llevar a término los impracticables bosquejos que a veces esboza, se ha convertido en un recurso muy solicitado por los políticos cuando una urbe quiere aportar brillo y esplendor a sus aceras y, aún más si consigue convertirse en un reclamo turístico. Como si de un icono Pop se tratara, podemos afirmar que es el arquitecto más célebre entre el grueso popular y un símbolo de la Marca España de los soleados 2000, relegando a un segundo plano a sus más que meritorios compañeros de profesión. Las críticas le llegan de medios y tribunales, al que aluden como ” el arquitecto de la polémica” (El País) o “Calatrava ha vuelto a enfadar a otra ciudad”(La Voz de Galicia). Últimamente sus más destacadas controversias, además de la condena a que pague los desperfectos de la Ciudad de las Artes, ha sido construir Oculus, la “estación de metro más fea del mundo” (Público) en la zona cero de Nueva York o la demanda interpuesta por la ciudad de Venecia por el puente que erigió por “38 denuncias por resbalones de los peatones, falta de acceso a minusválidos y un supuesto sobrecoste de 4 millones de euros” (El País) -que finalmente ha ganado el arquitecto-.

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Estación Oculus de Calatrava en Nueva York

Sin duda, en todo momento hacemos referencia al run run de la opinión popular, entre el gremio de los edificantes otro gallo canta, o al menos eso queremos pensar. Me disponía a saber qué hay detrás de la figura del arquitecto estrella -del pop- o cómo llega a convertirse en un producto hecho a sí mismo y para ello he hablado con tres arquitectos que nos ayudarán a averiguarlo, así como a rendir un homenaje a sus prodigiosos camaradas españoles de profesión.

Nuestros interlocutores son los arquitectos Gonzalo Ferreiro y Clara Gil de Madrid y Guillermo Carrillo de Sevilla y he charlado con ellos sobre sus opiniones y predilecciones.

Arquitectos clásicos

Guillemo y Clara lo tienen claro y me dan un nombre con gran celeridad, mientras que Gonzalo se resiste a decantarse por uno solo y me da tres, Fernando Higueras, Alejandro de la Sota y Josep Lluis Sert. Clara escoge a Miguel Fisac mientras que Guillermo nos esgrime las razones de su elección, Antoni Gaudí. Según él, aglutina los dos prerrequisitos básicos que se deben dar para que un arquitecto consiga una notoriedad admirable, “como podría ser Borromini en Italia”, nos dice, no solo basta la genialidad: “deben darse las circunstancias socioculturales y económicas propicias por un lado, además de la genialidad del artista, es decir, que exista esa figura del mecenas que esté dispuesto a dotar de inyección económica a las ideas del arquitecto”. Coyuntura que en España, afirma, “se ha dado muy pocas veces”. El mecenas de Gaudí en este respecto fue el empresario Eusebi Güell quien le encargó algunas de las obras más icónicas no solo del arquitecto sino de la Ciudad Condal como el Parc Güell, destinado inicialmente a formar parte de un complejo urbanístico privado o el Palau Güell, residencia del mecenas.

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La Pagoda (edificio actualmente desaparecido) de Miguel Fisac

Arquitectos consagrados

En esta categoría tendrían cabida los grandes nombres que han construido sus carreras en los últimos años y que, sin lugar a dudas, han visto encumbrada su obra adquiriendo un lugar de honor en los anaqueles y las facultades de arquitectura. Gonzalo nos confiesa al que considera ser el gran arquitecto español actual “el más exitoso o premiado es Rafael Moneo, es el único español que ha ganado el premio Pritzker, que es lo que los periodistas llaman el Nobel de Arquitectura”. Clara nos habla de su predilecto, Fernando Higueras –que ya había nombrado Gonzalo en su selección de clásicos-. Por lo que inferimos debe ser una especie de arquitecto antisistema, que en una entrevista decía así el talento en la arquitectura es el 20%, el 80% restante es saberse vender, hablar con petulancia, de forma que la gente apenas te entienda y piense que eres muy interesante” (El País) -cuento que podríamos quizás aplicar a nuestro amigo Calatrava-. Guillermo se sale del tiesto y recurre a un sevillano de adopción renacentista, Hernán Ruiz II o el Joven (el padre y el hijo también se dedicaron a ese arte) del que nos cuenta, no fue tanto su talento como sí la coyuntura lo que le permitió desarrollar sus incontables obras por toda Andalucía, siendo una de sus más destacas, la Sala capitular de la Catedral de Sevilla; aunque sí encuentra muy sobresaliente su vanguardismo.

Jóvenes promesas

¿Se habrá estrellado la estrella? Las respuestas de los tres esta vez han sido idénticas y marcan el nuevo camino al que se dirige la arquitectura desde hace algunos años. Se multiplica la identidad del arquitecto, pasando de un nombre concreto a uno colectivo “un gran autor, precisa cada vez más de equipos multidisciplinares” comentaba Gonzalo. Todos han destacado la labor de los estudios de arquitectura, explicando la evolución posiblemente casual que se ha dado últimamente con la sucesiva desaparición de la figura del arquitecto celebridad para dar paso a un entramado colectivo multitarea que sepa resolver con destreza los innumerables avatares que surgen durante la proyección y construcción de un edificio. Aunque no niegan tajantemente el fin de esa figura hegemónica e individual, coinciden en que cada vez es “menos evidente”, esgrimía Gonzalo.

Los proyectos, debido a los requerimientos energéticos y tecnológicos y a la necesidad de atacar los proyectos desde un planteamiento sostenible, teniendo el cuenta el ciclo de vida del edificio, sumado a otras necesidades, como más control presupuestario -la época de tirar la pasta se acabó-, o proyectos mejor documentados y redactados que eviten la aparición de modificados o sorpresas durante la obra- describe Gonzalo.

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La Casa del Infinito de Alberto Campo Baeza

Guillermo elige a una figura contemporánea que estima, brilla sobre el resto, Alberto Campo Baeza, del que enfatiza su elegancia sin ornamentos al margen de la espectacularización de la profesión y, a un jovencísimo estudio de arquitectura que desafortunadamente ha cesado su labor para dividir sus caminos de forma individual, La Panadería. Este proyecto pone en valor el anacronismo que presentan las características de las Viviendas de Protección Oficial del Estado, sometidas a unas restrictivas normas de construcción y a la estandarización, que no han sabido adaptarse a los cambios de la sociedad española, con proyectos como Casa más o menos en Alcalá de Guadaira.

En cuanto a Clara, nos presenta también un estudio de arquitectura llamado Improvistos que entre otras iniciativas organizan las rutas urbanas por la ciudad de Madrid que rinden homenaje a la figura de la arquitecta Jane Jacobs, los Paseos de Jane.

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Instantánea de un momento del proceso constructivo de La Trufa de Antón García-Abril, en el que una vaca vacía la vivienda comiéndose el encofrado de paja que la conforma

Sobre la figura que nos ocupaba al inicio, Calatrava, Guillermo concluye que, en su figura se han reunido las dos características sobre las que nos hablaba, un mayor o menor ingenio, así como esa circunstancia económica y social favorable a sus peticiones. Clara, por su lado, sostiene que tan culpable es el arquitecto de algunas de las fechorías que ha ejecutado como la permisividad de los políticos que han pasado por alto los desatinos en sus proyectos (véase los sobrescostes). A pesar de esta aseveración, ella nos confiesa que no le desagradan algunas de sus obras.

Aunque Calatrava “no es un modelo para los estudiantes de arquitectura” -razona Gonzalo- quizás sí que imprime esa inverosímil esperanza en los jóvenes alumnos de que la celebridad es accesible al graduarse, instigando a la competitividad y a la falta de compañerismo cuando la posibilidad más plausible es que acaben trabajando en un equipo de más personas y profesiones que puedan potenciar las aptitudes individuales, una suerte de fast food español.

En definitiva, para gustos, los colores, el subjetividad en este campo como en el arte en general es innegable, pero algo sí que es cierto, no todos los arquitectos y obras han tenido las mismas oportunidades y desgraciadamente las aptitudes de marketing propio ayudan mucho en estos tiempos para fraguarse un puesto en el podio de la fama global. En nuestro país, tenemos la suerte de contar con grandes y visionarios profesionales de la construcción y el diseño que han obtenido más o menos notoriedad pero no por ello menor talento. Este artículo ha querido traer a los que nos somos expertos en la materia, un breve repaso por algunos que han podido quedar en el tintero y darles la oportunidad de redescubrirlos. En otros países sí que se les ha sabido rendir tributo, como ocurrió con el otro valenciano Rafael Guastavino, que a diferencia de Calatrava, es desconocido en España pero aclamado en Estados Unidos -adonde llegó con unas pocas pesetas y supieron apreciar sus ingeniosos métodos constructivos-. Esperemos que cambie la tendencia y el grueso popular sepa aplaudirles como se merecen.

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Estación City Hall en Nueva York , Rafael Guastavino “El arquitecto de Nueva York” según The New York Times

Un agradecimiento especial a la gran colaboración y generosidad de nuestros amigos. Y no olvidéis pasaros por el recién estrenado estudio-galería de Guillermo Carrillo, Arquemí, en la calle Orfila 10 (Sevilla).

(Imagen de portada: Paraguas experimental de Félix Candela)

@Beatriz Arcos 

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