Pueblocracia

El jurado popular del banco del final de la calle constituido por las vecinas Mari, Pili, Antonia, Justa y Loli han dictaminado sentencia: declaran culpable a Josefa de desatención de sus vecinas durante los meses de verano que ha estado en la playa de Matalascañas con su hija y la condenan al ostracismo temporal (dos días y una noche). 

A veces los vecinos pueden ser muy crueles, hacen juicios de valor con apenas dos ojeadas mal dadas; infieren si vienes o vas, si ha habido litigios en tu casa o si se te han pegado las lentejas. Es cierto que la justicia en los pueblos puede ser tajante y no da lugar al disfrute del tercer grado, pero obviando deshonrosos casos de juicios perpetrados por el costumbrismo y el sempiterno conservadurismo patrio -véase, mujeres a las que se le niega el saludo porque se han separado y han encontrado novio “A su edad, ¡qué vergüenza!”- el pueblo suele deleitarse de una ecuanimidad social.

La familia y el vecindario son los bastiones de la cimentación popular, si la familia de Paca se queda en paro, con ocho bocas que alimentar, la de Paqui intervendrá rauda para que no falte un plato en su mesa, donde comen dos comen diez. La proximidad física fecunda la social y la interpersonal, dota de cara al dolor y a una cara hambrienta cercana no se la puede ignorar así como así, sin mayores cargos de conciencia. La interacción social parece fluir con un caudal suculento, las muestras de educación por la calle, los saludos entre sus habitantes, el respeto al mayor, el cuidado altruista de los miembros de la comunidad; la naturalidad con la que se relacionan dista mucho de la frialdad de las grandes avenidas de nuestras ciudades, donde a veces hemos sido testigos de menosprecios inhumanos a personas que necesitaban de nuestro auxilio.

Esta proximidad es la que engendra a la política real, la que condena las injusticias perpetradas por afanes interesados en engrosar bolsillos, la que castiga al alcalde y al vecino deshonesto, la que utiliza el espacio urbano de manera pragmática, la que celebra las costumbres pero sanciona lo obsceno, es la que en ocasiones de forma asamblearia pregunta al pueblo cómo quiere gestionar sus recursos y la que comprende sus limitaciones con aplomo.

En este universo en miniatura, se reproducen sin embargo, otros fenómenos negativos que deberían haber sido erradicados en su modelo a gran escala, a saber, el expolio de colectivos a zonas suburbiales, homofobia encubierta, especulación inmobiliaria, prevaricación… muchos de los despropósitos citados tienen que ver con el enriquecimiento de unas minorías, unos colectivos que por lo general suelen estar relacionados con la construcción inmobiliaria y sus derivados y los entes políticos corrompidos por la codicia. Unimos en bosquejo los conceptos dinero, política, urbanismo y una clara consecuencia: la erosión del tejido social. Intencionado o involuntario (daría para divagar otro tanto más), la realidad con la que nos encontramos desde los años sesenta hasta nuestra fecha en nuestro país no es otra que la individualización monstruosa de nuestra sociedad. Divide y vencerás.

El anonimato urbano en el que muchas veces nos escudamos castra sin embargo la capacidad de rendir cuentas -la accountability-, y se sustituye por especulaciones, incapacidades, por un rostro borroso engorronado en burocracia, papeleo y recursos judiciales que acrecientan la opacidad representativa de nuestros dirigentes y las consecuencias de sus actos.

Si algo aprendimos del gentío del 15M ahora que toca hacer balance de su herencia es a querer elevar al nivel superior, en las ciudades y al plano de política nacional los aspectos positivos de la  directa organización democrática de los pueblos (que antaño fue también se daba en los barrios). Y este es sin duda, el corazón del “no nos representan” del 15M, no solo por la falta de empatía con los representantes políticos que sufríamos (sufrimos) sino porque la representación distaba mucho de las promesas de participación ciudadana en una democracia parlamentaria.

La voz del empacho de la Pseudodemocracia ha servido no solo para la creación de un partido político que canalice la toma de decisiones en las esferas políticas nacionales o para evidenciar el hartazgo de la opinión pública de las corruptelas políticas y la opacidad de las decisiones, sino también, y más trascendental, ha evidenciado a los ciudadanos la importancia de dirigir sus acciones desde abajo, para transfigurar la capacidad de gobernar desde las instancias más diminutas, porque esas son las que conforman las realidades más contiguas.

La conformación del espacio habitado y el fortalecimiento de los lazos comunitarios es directamente proporcional a la elevación del nivel de democracia; el sistema, que no régimen democrático en el que vivimos es de facto un sistema capitalista y no podemos dejar que nuestras instituciones democráticas sucumban en calidad de representantes del pueblo a unas peticiones partidistas e interesadas en connivencia con una oligarquía mercantilista.

Empecemos por lo más contiguo, el espacio que ocupamos y en el que deseamos convivir. Para repensar las políticas que queremos hay que comprender que el espacio ha de ser un hábitat y no un enjambre productivo basado en un modelo económico que no hemos elegido.

El pueblo ha aprendido y está haciendo sus deberes. Ha comprendido que delegar unilateralmente es prostituir nuestra soberanía.

(Imagen de portada de Escif)

@Beatriz Arcos

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