Coco Chanel Guevara

En determinadas ocasiones, si atinamos a interpretar bien los códigos, nos daremos cuenta de que detrás de ellos hay una elaboradísima simbología que justifica su razón de ser. 

Un acto inocente o aparentemente estético, como puede ser un desfile de moda, puede albergar más intencionalidad que un panfleto político. Y aún más si cabe, si este desfile es de Chanel y tiene lugar en La Habana, Cuba.

Hagámoslo a la antigua usanza, a la manera de crónica, pequeña libreta, lápiz afilado y etiqueta Press que acredita nuestra labor pendiendo del sombrero caqui años 50; presumiblemente en los mismos años en los que tuvo lugar la revolución cubana y el golpe de estado al gobierno de Batista.

“El glamour se ciñe sobre el Paseo del Prado de La Habana. Se sucede una cabalgata de automóviles resplandecientes de los que descienden personalidades de lo más variopintas de la société europea y estadounidense que acuden embriagados por el exotismo del modus vivendi cubano.”

 

Cruise (crucero) así es como bautizó hace unos diez años Karl Lagerlfeld, director creativo de la firma francesa Chanel a la colección de entretiempo, diferenciada de primavera-verano y otoño-invierno pensada para los inviernos en zonas cálidas, inicialmente para clientes que se iban de crucero en dicha época y demandaban estilismos acordes. Por ponerme creativa también yo pensaré en metáforas: “el crucero del capitalismo auxiliando a la desvencijada habana”, “la nave evangelizadora del capitalismo, capitaneada por la socialdemocracia francesa”, “el glamour de la democracia atraca en el oxidado comunismo”… podría seguir infinitamente.

Metáforas a un lado, lo que podemos inferir con cierto tino es esto: una marca de ropa de lujo, cuya adquisición se pueden permitir solo unos pocos en el mundo Occidental, tiene la desfachatez de echar el ancla en un país donde (consensuado o no) por su propia idiosincrasia política y económica resultaría imposible que alguien pudiera obtener esos productos. Aprovechándose del llamado deshielo institucional entre Estados Unidos y Cuba, deja de estar prohibido para los americanos y de estar mal visto para los europeos ir a tierras cubanas ya sea de vacaciones, para ubicar una película o serie, para grabar un videoclip, para hacer negocios u organizar un gigantesco pase de modelos para presentar tu nueva colección de prendas de vestir.

Es de recibo que se levanten vetos inútiles después de una decisión de hace más de sesenta años que ahora es totalmente anacrónica. Lo que sí cabría cuestionar son el contenido y las formas: ¿es el símbolo más propicio para identificar el deshielo el desembarco de una firma de lujo en La Habana? Quizás no. A mi parecer, el siempre ávido de exotismo -ya sin tierras por descubrir- Occidente está muy aquejado de un etnocentrismo y una superioridad que se destila de forma muy gráfica en este evento. Toma los elementos que le convienen del paisaje, a saber, exotismo, lo pintoresco de sus calles y edificios coloridos y de sus coches antiguos, la aparente jovialidad sin fin de sus habitantes y la sabrosura que destilan sus genes latinos para recrear un Disnelyland capitalista y vender las bondades de nuestro Occidente capitalista y democrático: un escaparate sobre libertad, lujo, diversión y excesos.

La triste realidad una vez más es que Occidente llega y ejerce su evagelización, que consiste en mercantilizar todo lo que encuentra a su paso y si es un símbolo tanto mejor, porque hará más valiosa y menos fugaz su posesión y fomentará la identificación del pueblo de acogida con el producto comercial. Por supuesto, tengo un objeto en mente: la boina del Ché Guevara que todos recordamos. En este caso, Chanel la ha transformado en un complemento de fantasía y lentejuelas con el símbolo de la firma adornando a la ya habitual estrella. Esta labor convierte en anecdótico una leyenda que para muchos es un símbolo de la libertad y un héroe.

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Dicho esto, dudo mucho que Karl Lagerfeld alias “el káiser” tuviera especial interés en hacer desembarcar el capitalismo en Cuba conscientemente, posiblemente su intención era meramente estética. A pesar de ello, no le eximimos de la culpa, contribuye como cualquier otro a engrosar el imaginario colectivo que se ha construido alrededor de las culturas que consideramos inferiores a la nuestra, un relato triste que esbozamos en pocas pinceladas de brocha gruesa, de lienzo tosco y temática costumbrista.

Este acontecimiento del tres de mayo abre la veda a uno de muchos que tendrán lugar sin lugar a la menor duda, por eso, para el pueblo cubano y también como recordatorio propio, unos breves titulares a tener en cuenta y sobre los que reflexionar:

-La democracia no es sinónimo de capitalismo.

-El capitalismo no es sinónimo de democracia.

-El  comunismo no es sinónimo de cerrazón.

-El capitalismo no es contrario al comunismo.

-La moda no es sinónimo de libertad.

-El dinero no es sinónimo de libertad.

@Beatriz Arcos

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