Willkommen inmigrantes

 

El evento que vengo a narrar sucedió como sigue: es sábado y nos disponemos a desayunar fuera de casa en una cafetería especializada en dulces y tartas alemanas. Nos sentamos en la terraza y pedimos cafés y tartas y, cuando los traen, se les olvida ponernos uno de los servicios, falta un tenedor. Llamamos a la camarera, que a duras penas entiende nuestra petición y le pedimos el tenedor gesticulando la forma alargada y puntiaguda del mismo. Ella repite la acción, asiente y acuerda con gestos no verbales traérnoslo. Es en ese momento cuando nos damos cuenta de que probablemente seamos las únicas españolas del local y casi con total seguridad, las únicas que hablan castellano. En los revisteros, noticiarios gratuitos de todas las lenguas, excepto de la nuestra. Durante el desayuno, discutimos sobre este hecho y desgranamos conclusiones sobre la sensación de ser guiri en un pueblo de tu propio país. 

Cuando caminamos de vuelta a casa, los carteles de los anuncios con los que nos topamos están escritos en cuatro o cinco idiomas diferentes, los menús de los restaurantes, los luminosos de las farmacias y los supermercados, incluso la forma de conducir aquí es europea – los automóviles raramente se paran en los pasos de peatones y cuando lo hacen parecen perdonarte la vida-.

Según los datos, todos estos elementos no son anecdóticos, esta provincia, la de Alicante, con aproximadamente un millón ochocientos mil habitantes cuenta con una población extranjera de unos 385.000, según los datos del INE de 2015, pero lo llamativo es que 20, de los 121 municipios que conforman la provincia, albergan el 75% de los extranjeros, constituyendo en algunos de ellos la mayoría de la población.

En medio de la vorágine de la crisis de los refugiados -que yo mejor titularía crisis de la humanidad o de la solidaridad– no deja de ser inquietante descubrir que algunas leyes de tu país, en efecto premian la llegada de inmigrantes. Pero como podremos intuir, no de cualquier tipo, la Ley de emprendedores (Ley 14/2013) promulgada en 2013, entre algunas de las medidas que promovía, otorgaba el visado de residencia a aquellos que adquirieran bienes inmuebles por una cantidad superior a  500.000 euros. Medida a la que se han acogido, por ejemplo, muchos ciudadanos de origen ruso debido a las dificultades que les supone su movilidad por el espacio Schengen.

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Rascacielos de un pueblo de la Costa Blanca

Es lícito que se conduzcan medidas de esta índole para incentivar la inversión en nuestro país y refrescar nuestra tibia economía y sin embargo, me asaltan dudas en cuanto a las exigencias morales que se imponen a los extranjeros en función de su procedencia o clase social y económica; en definitiva, cómo reaccionaríamos si fuese otra nacionalidad la que se negara a aprender nuestra lengua porque simplemente no le hiciera falta, porque para venir a gastar dinero, basta con frotar suavemente el pulgar y el índice.

No obstante, obviemos el cariz económico del asunto, vayamos al cultural y social. El tipo de inmigración que practica un gran número de migrantes en esta región, como indican las cifras, suele ser en su mayoría o la figura del inversor al que le va muy bien en su país de origen o igualmente aquel con sus asuntos económicos saldados que una vez jubilado ha decidido pasar su retiro en nuestras costas. Y desgraciadamente, en algunos casos, el tipo de relación que se construye (en el caso de las nacionalidades señaladas) con el lugar y la población nativa está basado en la multiculturalidad. Esto es un salad bowl, una ensalada llena de ingredientes pero entre los que no se da ningún tipo de interacción – expresión que se acuñó para ilustrar el fenómeno de las oleadas migratorias y su integración yuxtapuesta en Estados Unidos durante el siglo XX-.

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Postales de la Costa Blanca

Me he querido curar en salud absteniéndome del uso de “mayorías” para describir esas realidades porque las generalidades son pobres y poco fehacientes, pero considero que se infiere lo que pretendo evidenciar: los inmigrantes económicos por necesidad imperiosa han de conocer nuestra lengua -en caso de no ser hispanoparlantes- y han de confluir con el resto de la población debido principalmente a que desempeñan labores entre nosotros.  

De darse el caso contrario (no exagero si digo que) serían tachados de intolerantes  y de negar la integración en nuestra sociedad y por ende, su presencia nos inquietaría. Los vestidos de etiqueta, los cochazos y los fajos de billetes, aunque no hablen nuestra lengua ni pretendan donar reciprocidad cultural, no nos asustan. El color y la procedencia de un gran porcentaje de inmigrantes parece dictaminar el gen del subyugo económico bajo el enunciado “I know my place” y como tal, acatan, cabeza gacha que la ausencia de su VISA es la razón de nuestra posible turbación. ¿Cuál es la inmigración que nos asusta?

Mientras tanto, algunos periódicos británicos se hacen eco de un fenómeno que se está produciendo como consecuencia directa de la consulta ciudadana del 23 de junio sobre la permanencia o la salida del Reino Unido de la Unión Europea, lo que se conoce como Brexit. La campaña para conseguir tanto noes como síes, se ha centrado muy en particular en la mayor comunidad británica fuera de las islas, que reside en España. Las cifras bailan, porque existirán muchos que no estén censados, pero algunos de los números que baraja BBC hablan de más de 760.000 expatriados principalmente en nuestra costa e islas. Pocos datos certeros se saben de los posibles efectos secundarios de la salida de UK de Europa y, sin embargo, entre los expatriados partícipes de la permanencia comienza a extenderse la preocupación y urden triquiñuelas para no tener que moverse de su país de acogida: buscar en su línea genealógica un antepasado irlandés para conseguir la nacionalidad.

Pero lo que resulta paradógico es que entre la población de expatriados, inmigrantes británicos en nuestro país, haya defensores de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea aludiendo a que de este modo se frenaría la inmigración a su país. A los que firman esta sentencia tampoco parece molestarles la inmigración de etiqueta y cochazos.

Parece evidente que no queremos ensaladas mixtas, tampoco buscamos la aniquilación de su cultura previa para aceptar sin condiciones la nueva que les acoge, el ideal que debe promoverse es la interacción cultural bidireccional, que los nativos aprendan del forastero y viceversa. Y eso, sin políticas que lo impulsen no es posible.

¿Qué paradigma de integración queremos fomentar teniendo en consideración más atributos  que el número de ceros en la cuenta de un inmigrante?

@Beatriz Arcos

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