Eternamente mortales

 

A veces el cine, cortina tensa de color vainilla es rajada por un cuchillo cuyo mango está tapizado de la misma tela vainilla, lo que antes era un teatro de sombras abre un resquicio por el que se vierte la realidad.

La metáfora, presupongo, queda aclarada nítidamente: el cine, como forma y manifestación artística elige representar una ficción basada en la verosimilitud con la realidad y critica duramente su propia naturaleza por medio de sí misma y de sus propios instrumentos. Lo llamativo del proceso es que en ocasiones, la película es aplaudida por el público y la crítica y, acaba siendo incluso galardonada por sus académicos.

Existirán muchas películas que se retuerzan contra la industria efímera del cine de Hollywood, pero mi selección se va a basar en tres que comparten vínculos y regalan dádivas visuales y narrativas. El tema matriz no puede ser otro que la conquista de la fama que nos endilgará nuestra presencia en la eternidad; por algo el paseo donde se da el simbólico gesto de estampar las palmas y los pies de los artistas se llama paseo de las estrellas. Yo soy de las que piensa que los temas, como los mitos, ya están agotados, extinguidos allá por el siglo I antes de Cristo, si acaso a lo que nos dedicamos ahora es a matizar, maquillar, desvestir, salpimentar ese germen primigenio al gusto del consumidor postmoderno. Porque los seres humanos, de infinita torpeza, disfrutamos de finito número de emociones, así como de obsesiones y angustias; esta es mi forma de entender el tiempo como cíclico, en un eterno retorno que poco tiene que ver con el reloj, sino con nuestra escasa capacidad catártica de la historia de la humanidad. Escapar y ser cautivos y volver, volver a pecar. Aquiles, si no el primero, fue el más famoso perseguidor de la gloria. Aunque como guerrero mercenario y no como actor, el peligro de la muerte escudriñaba hasta en los momentos más mansos. El actor que quiere gloria, pero adquiere fama, esa notoriedad pasajera venida a menos con el tiempo y ninguneada por las arrugas y la flacidez sufre entonces, de otro mito más, grecolatino, el del intercambio generacional, dioses que son relegados a un segundo plano por sus descendientes y así sucesivamente, en un sorpasso natural. Aunque algunos no lo lleven deportivamente y quieran romper la cadena adelantándose a sus vástagos y destruyéndolos, como hizo Saturno comiéndose a sus propios hijos para evitar que lo mataran a él según la profecía que le había sido revelada.

saturno devorando a sus hijos
Saturno devorando a su hijo (Goya, 1819-1823)

El sorpasso, ese vocablo macarrón que han decidido inocularnos los políticos en el cerebelo es un término procedente de la península itálica, ha querido a bien explicarnos un articulista (y filósofo) muy culto del diario ABC, para esos jóvenes incultos como nosotros, los políticos y graduados Garzón e Iglesias (que es además doctor):

Aunque no sé si sus usuarios lo saben. La insondable incultura de esos añejos apparatchiki que son Garzón e Iglesias asimila el término –cursimente, en italiano– con la estrategia, sin más, del PCI de los años de esplendor de Berlinguer: cuando los comunistas italianos, tras el desastre frentepopulista en Chile, planeaban la verosímil hipótesis de, con un definitivo acelerón político, dejar clavada a la sempiterna Democracia Cristiana de Andreotti y Moro.

Pero dejémonos de excursos. De búsqueda de fama y de sustitución generacional padecen los protagonistas de nuestras tres películas y de peligrosos delirios que confunden la ficción con la realidad también. Por orden cronológico, Norma Desmond (interpretada por su doppelgänger real Gloria Swanson) fue una idolatrada actriz de cine mudo ahora retirada del oficio por no querer someterse a los nuevos métodos cinematográficos, principalmente la introducción del sonido en las películas puesto que según ella, “¡No necesitábamos diálogos, teníamos rostros!”.

Durante la película, asistimos a un desfile de personajes reales como el glorioso actor de cine mudo Buster Keaton que aparece durante una partida de cartas en calidad de viejo amigo de su etapa como celebridad o el director también del mismo género Cecil B. DeMille, que luego se supo reintroducir en la industria cinematográfica realizando laureadas películas sonoras. Norma-Gloria que vive en una ensoñación permanente, piensa que hordas de fans le siguen enviando cartas, mientras que se descubre que es su mayordomo y tercer marido quien lo hace para que no sufra una terrible decepción. Intenta volver por todos los medios a trabajar en el cine y recuperar la fama perdida y se somete a estrambóticos tratamientos de belleza que le rejuvenezcan el rostro. La transmutación de nuestra era trasciende de la pantalla y la herencia de su mutismo paga con creces sus impuestos de sucesiones, regalándonos ademanes y aspavientos que raramente vemos ahora, maquillaje y digitalizaciones de por medio.

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Norma Desmond y Joe Gillis viendo una película protagonizada por ella.

No desvelaremos el final, pero basta con decir que la realidad superó a la ficción de la ficción y que el título de la película es Sunset Boulevard (1950) o en español, El crepúsculo de los dioses.

La fugaz aparición de un ya anciano Buster Keaton en este film nos enlaza con el siguiente, Birdman (2014), cuyo protagonista Michael John Douglas tomó su nombre artístico, Michael Keaton, del anteriormente mencionado y coincidencia o no, su  primera intervención en el cine fue un papel en el que no pronunciaba palabra alguna. El formato que toma esta película recurre al pseudónimo, no a la equivalencia real de la denominación de los actores, como sí ocurría en algunos papeles del anterior film. Aún así, encontramos analogías con la realidad. Ocurre que el rol de Keaton, Riggan Thompson es el de un actor en su ocaso que intenta resarcirse con una obra de teatro en Broadway, pero la visión de su papel más afamado, el del superhéroe Birdman, le hostiga continuamente apareciéndose como lo hiciera el fantasma de las navidades pasadas al señor Scrooch e instigándole para que su vida se mimetice con la del personaje, con el que va adquiriendo superpoderes que le desconciertan entre una banda sonora de redoble de tambores y jams taquicárdicos. Keaton contra Keaton, una historia que acaba en muerte y resurrección que le otorga una segunda oportunidad al actor, quien a día de hoy ha conseguido el aplauso con Spotlight.

Maps to the Stars
Havanana Segrand (Julianne Moore )

De realidad ficcionada a una ficción verosímil, pasamos a la ficción de una realidad caricaturizada, la críptica Map to the stars. En esta no caben sutilezas ni eufemismos, se presenta como una sátira de manual del mundo cinematográfico hollywodiense. En las calles de Los Ángeles, todos los personajes deambulan buscando fama o sufren las consecuencias de su degustación en un tiempo pasado, aunque atisbamos también un conjunto de personajes (prácticamente todos) que parecen un muestrario de variedades de neurosis, algunos con una fuerte distorsión de la realidad. Para paliarlo, yoga, bebidas hipocalóricas, psicoanalistas, drogas y compras compulsivas que soliviantan. Sea como fuere, hay una voz que pide auxilio, la de Havanna Segrand (Julianne Moore), que como Norma Desmond quiere recuperar juventud y notoriedad a toda costa al intentar conseguir el papel protagonista en el remake de una película que había protagonizado años antes su madre. La visión de su madre es en esta ocasión la que atormenta a la protagonista e hija, que no puede consumar el sorpasso generacional ni eclipsar a la fama de su progenitora. El resquicio de realidad en la cortina lo pone Carrie Fisher, la Princesa Leia -prejubilada por un ERE y reincorporada a su oficio-, aparece con un pequeño papel en esta película, no interpretando el rol de actriz, sino el de manager, queriendo poner cordura y pragmatismo en el lamento de las actrices que envejecen y son castigadas con ignominia.

El mito vuelve, como siempre, por un grito de socorro ya sea del director comprometido o del actor y su hartazgo y no alejado de ellos se sienta en su butaca el espectador, que también asiente cómplice a la barahúnda de la linealidad del tiempo.

No culpo a los actores, ni a los artistas, ni siquiera a los políticos, por anhelar la eternidad, después de todo, todos somos víctimas de esta dolencia humana y estamos sometidos a la quimera del glorioso destino individual; gestas, mitos y estatuas lo corroboran. Y parecería comunista, infantil (o de Greenpeace) la aceptación de un destino común, como dice Borges: “Si los destinos de Edgar Allan Poe, de los vikings, de Judas Iscariote y de mi lector secretamente son el mismo destino – el único destino posible-, la historia universal es la de un solo hombre”.

A pesar de saber esta dolorosa verdad y milenios antes de que interioricemos el mantra, juguemos como hormigas a ser hombres. Se hacen necesarios los fotogramas de autocrítica, el cine que se ríe de la fugacidad, de la degradación que sufre su cara humana, nos recuerda que somos mortales, que nuestra gloria queda capturada en como mucho tres horas de rodaje y que después de todo, la claqueta es guillotina del tiempo que creemos real.

@Beatriz Arcos

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