La alternativa

Hay cosas de nosotros que nunca cambian. El café, que siempre es diferente y siempre es el mismo. La comprobación sistemática, cada mañana, de que para los medios todo cambia y todo sigue igual. Solo una excepción, que llega sinuosa esquivando el tarro de azúcar y el cenicero recién vaciado, planta su bandera en mi cabeza, que aún intenta asimilar el nuevo día. El primer día como colaborador habitual.

Las condiciones, carta blanca. Los plazos, flexibles. La pregunta ¿quién me mandaría a mí meterme en esto?, incansable. A ver qué hago yo de articulista de opinión. Y de qué opino yo, si ya está todo opinado. De qué, si todos los días de todos los meses de todos los años nos subimos diariamente a nuestro sillón a postular. De qué, si la vida es opinión y nada más.

Poco a poco, mezclado con el amargor del café y el ruido de las obras del vecino, surge. El contrato verbal que firmé ayer es poco menos que un suicidio ideológico tal y como lo entendemos actualmente. Voy caminando con unos ojos vendados de presente por el tablón de madera de las palabras que aún no he utilizado. Un tablón que se va construyendo bajo mis pies y por el que habré de seguir con la confianza ciega de un salto al vacío.

Tendemos a creer, asumo mediada la segunda taza, que la opinión es como una estatua de barro, moldeada por adición. Que sus cimientos han de permanecer como las anclas de los barcos, para recordarnos lo que somos y seguimos siendo. Lo que nos distingue de la masa. Lo que nos hace únicos. Y comenzamos entonces a adentrarnos en la técnica del collage ideológico. Lea usted artículos de opinión. Procure no coincidir plenamente con ninguno, pues será acusado de falta de personalidad, signifique eso lo que signifique. Elabórese, a su juicio, una opinión formada, una suerte de carta de secuestro hecha de retazos de la opinión de esos señores que nos observan en las contraportadas de los periódicos, esos señores a los que les pagan por opinar. Enhorabuena, ya es usted un pensador crítico.

Y me echaron a los leones. Al circo de la palabra online, más voluble que su hermana de tinta pero perenne en esa nube informática que llueve en ocasiones sobre nosotros y nos devuelve gotas de lo que opinábamos hace años. Y mientras llora agua y palabras, la nube exige como condición para ser anticiclones una consistencia que nos coarta como actores sociales. Cambiar de opinión, esculpir a partir de un solo bloque, como hacía Miguel Ángel, se torna un signo de debilidad. Y cuando esto ocurra, mira al cielo en busca de la nube que te recordará lo incoherente de tu propio ser.

Es que a quién se le ocurre. Ponte ahora a opinar. Lánzate a la incansable búsqueda de realidades y dictamina sobre ellas desde el púlpito que no solo te han ofrecido, sino que aceptaste. Pero de qué voy a opinar yo, que no tengo ni idea de nada. Que cambio de paradigma más de lo que me limpio las gafas. Los ojos, como el entusiasmo, siguen entreabiertos hasta el segundo cigarro. Música y tostadas para el análisis independiente. Y por qué tenemos que opinar siempre de todo. Y por qué necesitamos ampararnos en becerros de papel. En vídeos que nos explican cualquier cosa en un minuto, cortos como nuestra capacidad de atención. En catedráticos, escritores, académicos, que apoyan el codo en la imprenta y parece que desde el otro lado del periódico te agarran el hombro para que escuches mejor. En el sabio público que pregona entre exabruptos su verdad de barro, como sus ídolos. En consignas, imágenes, anécdotas. En la excelencia personal del político y en la excelencia política de la persona. En esa cultura del estándar bajo, del sensacionalismo como modo de vida.

A ver qué pinta este proyecto en medio de la vorágine, del tornado de medios que luchan en el barro, el mismo que nos enfanga los pies, por ver quién tiene el material más insólito, quién es el buhonero con el mejor remedio para el tedio generalizado. Que alguien me explique por qué tengo yo que salir al ring a competir contra vídeos situacionales que duran menos de lo que tardo en apagar una colilla. Cómo mantengo yo la atención sosegada del que vive con prisas. Por qué tenemos que plantarle cara a todo esto.

Como ese mosquito que te ronda toda la noche y que solo ubicas cuando se posa junto a tu oreja, llega la repuesta. Porque el mundo sigue girando, contigo o sin ti. Cuantos más barros diferentes, más heterogénea la escultura. Seguiremos leyendo, escribiendo, mirando, viajando, escuchando, opinando. Los piratas tomaron el barco, pero seguiremos caminando con los ojos vendados por el tablón de las palabras que todavía no hemos pronunciado. Hay cosas de nosotros que nunca cambian.

@Carlos Iglesias

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s