Un graffiti legal

El 17 de abril se organizó en el barrio de Malasaña “Pinta Malasaña” una iniciativa en la que se invitaba a artistas del graffo a que decoraran espacios delimitados, en su mayoría las persianas de locales comerciales. Ni dos días habían pasado y más de la mitad de las obras habían sido alteradas. ¿Nos debe parecer un destrozo o la esencia misma del arte urbano?

Los graffiteros no convocados a dicho encuentro artístico tienen el mismo derecho que los autorizados a ejercer su disciplina en su hábitat: la calle. El graffiti no nació como un elemento decorativo citado en márgenes legales y aplaudido por los que han de condenarlo, sino en los límites de la legalidad y movido por los que han de reivindicar algo, aunque solo sea su propia voluntad de creación. Igual que el land art, el graffiti en su medio es efímero, está a merced de los elementos y de los individuos. En su etimología, de un día de duración. Aunque pueden ser minutos, días, semanas o años. La interacción artística ha de fluir en un canal de doble sentido y nunca basarse en la unilateralidad. El graffiti espera quizás solo unos segundos para conversar con las personas que lo observan pero estas saben que puede que no aguarden a una segunda mirada.

El graffitero tradicional no debería sentirse molesto porque modifiquen su pintada, porque al pegar el papel pintado, agitar el bote de spray, protegerse de las autoridades, esconderse de los viandantes y al tapar su rostro, aceptan las feroces condiciones de su arte apátrida y de estraperlo. El graffiti quiere ser mostrado desde la clandestinidad. El graffiti está penado. Pero últimamente su relación con la liquidez de nuestro sistema está siendo más fluida y legal. Empezó como un hijo rebelde y emancipado y desde hace unos años quiere volver al hogar, al espacio expositivo tradicional, a las paredes, al lienzo, al comisario, el tique y a la subasta. Y peor aún, al merchandising.

Hay dos documentales que ejemplifican la fagotización de este arte por el capitalismo. Que no deja de ser la misma que sufren los héroes de masas políticos o religiosos (y con eso, como con la comida no se juega). Comprar una camiseta del Ché Guevara es tan fácil como comprar una diseñada por Keith Haring, que comenzó pintando en el metro de Nueva York con sus famosas tizas, siendo arrestado por ello. En “Grafiti: La conquista de la moda” (Amine Bouziane, 2014) se expone la simbiosis entre estos dos elementos en apariencia  impermeables, moda y graffiti, que mantienen una relación de hecho muy fecunda. Mientras que en “Exit through the gift shop” (Banksy, 2010) que empezó siendo un documental sobre Banksy y acabó convirtiéndose en un documental dirigido por Banksy que trata sobre el antiguo realizador del documental, un neoconverso al graffiti, Mr. Brainwashing, que decide explotar el atributo especulativo del valor en el arte para vender sus supuestas obras que imitan estilos pictóricos y regurgitan un producto de vacuo marketing. Aún está por probar que Mr. Brainwashing no fuera en realidad un subproducto creado por el propio Banksy para denunciar la degradación del arte (como ya ha hecho en otros experimentos en los que vendía sus obras originales por menos de sesenta dólares).

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Graffiti en Sevilla (Foto de Celia Arcos)

 

 

El graffiti debería legitimar su función primigenia incluso cuando opere desde la legalidad. Un ejemplo muy ilustrativo lo encontramos en la serie Homeland, en la que recurrieron a artistas árabes para que hicieran unas pintadas en el set de rodaje con palabras que ellos mismos les dictaminaron y, cuando se emitieron los capítulos, espectadores áraboparlantes se dieron cuenta de que lo que rezaban sus pintadas era sin embargo, una critica al racismo en el que según los activistas, incurrían los guionistas de la serie. No obstante, existe un atisbo de salida. Si el graffiti quiere mudarse, legalizarse y medirse por los cánones de otras manifestaciones artísticas (monetarias), entonces, deberá cambiarse de nombre, por ejemplo No-longer-street-art o House-art, o Graffinity. Son solo suposiciones.

La contracultura ya no existe, o al menos, si existe no la conocemos, porque lo está haciendo bien. Se están construyendo muchos nuevos cauces en el arte, aunque no desde él, sino para que su caudal discurra por el mecanismo del control de la sociedad, anulando así la posibilidad de deserciones voluntarias, sublimando rebeldías.

@Beatriz Arcos
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