Ceguera colectiva

El dedo inquisidor de un anónimo viandante, el vecino que con su fulminante presencia a través de la ventana impide que cometas el mal, el ojo que todo lo ve y, que intimidante, aguarda escondido en la penumbra del día, el pepito grillo cultural que nos inculca la impronta, de no la diferencia entre el bien y el mal, sino la iluminación del camino de la dignidad y el respeto; el Dios insobornable y omnisciente.

Muchas obras se han escrito elucubrando sobre la verdadera naturaleza de la conducta humana. Una de las más espléndidas es El señor de las moscas, de William Golding, en la que sus protagonistas, quizás por una razón muy estudiada, son niños y no adultos; ciudadanos en miniatura cuya madurez ética aún no se ha visto culminada, y razón, intuimos, por la que el impacto de la obra queda minimizada en ciertos aspectos. Son solo niños, ¿no? podemos pensar. Son solo juegos de niños; macabros, que rezuman tenebrosidad en el momento en el que, sin estar reñida su supervivencia, matan por un placer no desvelado.

El sobresaliente Saramago, ya dio lecciones de maestría no solo literaria sino antropológica y sociológica con su Ensayo sobre la ceguera. En el que la crudeza se agudizaba no solo por pertenecer sus protagonistas a una etapa adulta, sino también por la coyuntura y tesis que plantea el escritor. Sin desvelar demasiados entresijos, atribuye a un grupo de seres humanos – que poco a poco se va extendiendo a una ciudad entera – una epidemia de ceguera colectiva. La graduación que aplica a la propagación de la ceguera engendra diferentes episodios que dan pie al desarrollo de su hipótesis sobre la malograda conducta humana. Primero, afecta a unos pocos, a los que se recluye en cuarentena en un desvencijado hospital; la inmundicia, los cadáveres, la lucha por la comida y la división en grupos antagónicos que rivalizarán por su supervivencia lanzan al aire numerosos interrogantes sobre la pervivencia de la dignidad humana. Es estimulante su discurso, así como ambivalente, puesto que en este caso el elemento estigmatizante es una enfermedad repentina y desconocida que engendra miedo y repulsa por parte de la sociedad sana. Esta ficción recuerda al sambenito del sida en los ochenta, no obstante, es también homólogo de otros vilipendios por motivos religiosos, económicos, racistas, étnicos o sexuales.

He puesto un primer ejemplo ficticio que sucede cuando nadie nos ve; niños que se encuentran totalmente aislados sin figuras paternas en una isla. Cuando con nadie nos referimos a estructuras de poder y de sometimiento, a órganos judiciales y ejecutivos que hagan leyes y condenen delitos. Pero en el segundo ejemplo sí que nos ven, ¿qué sucede cuando esas mismas estructuras son las que se encargan de legitimar la inmoralidad, el ostracismo de las minorías y el debilitamiento de los valores positivos intrínsecos de nuestro occidente actual? ¿Y si nuestros órganos políticos por un lado condenan y por el otro aplauden las atrocidades perpetradas a otros ciudadanos o colectivos humanos? ¿En qué punto nos encontramos de nuestra escala evolutiva?

Los acontecimientos reales que voy a usar como prolegómenos responden en primer lugar a dos humillaciones mayúsculas acontecidas recientemente (y que no han de olvidarse). Por un lado, las vejaciones por las que tuvieron que pasar un grupo de señoras rumanas mientras pedían limosna en la Plaza Mayor de Madrid, cometidas por los hinchas de un equipo de fútbol holandés, maltratos que han sido investigados por la policía tanto española como neerlandesa, siendo -esperemos- posteriormente condenados. La indolencia de aquellos que asistían al escarnio público, a excepción de un hombre que, encolerizado, intentaba frenar la situación, agrava aún más si cabe mis dudas sobre la benignidad humana. El estado de ebriedad en el que se encontraban, con casi total seguridad esos hinchas que, aupados por la sinergia del grupo que se comporta como el unísono de un banco de peces diluye la conciencia crítica del individuo, no es suficiente, aunque ha de tenerse en consideración, para no justificar su deplorable acción.

La siguiente humillación se refiere al ardiente asunto de los refugiados que, acudiendo brevemente a la raíz del término intuiremos que es “toda aquella persona que busca un refugio, un lugar temporal en el que guarecerse de la intemperie, del temporal de la guerra, de las inclemencias de la política o de la persecución religiosa, del drama que los humanos no cejamos en representar”.

Dispuestos a solventar la situación de la distribución del flujo de refugiados que, recordemos son personas, Alemania acogió a unos 130,000 ciudadanos, en su mayoría sirios, a pesar de que en la primera asignación que se hizo se les atribuyó una cifra mucho menor, unos 30,000 debido a que el resto de países de la Unión Europea – España incluida – retrocedieron en su benevolencia, con lo que en vez de tender manos, se actuó levantando muros, denegando auxilio, permitiendo naufragios y la difusión de enfermedades y ya, en última instancia, azuzando a esas personas a una Turquía que regatea y acepta vidas a cambio de dinero y facilidades para la vía de entrada a la Unión Europea. Una Unión que se cierra entorno a sí misma, su ego el Banco Central y su istmo, la quimera del estado del bienestar. Ahora, grupos de ciudadanos con ideales extremistas han prendido fuego a algunos centros en los que se hospedaban refugiados, organizan manifestaciones racistas pidiendo deportaciones y la popularidad de la Canciller alemana ha descendido notablemente con respecto a la situación previa a la crisis de los refugiados. Como pseudoexplicación al respecto, me regalaron un comentario que dice así: “La bondad del pueblo alemán ha llegado a su límite”.

Cuando nadie nos ve y además, nuestro sistema incluso no lo encuentra ilegal en términos jurídicos, los ricos se llevan sus montañas de billetes lejos del país en el que deberían estar tributando; lo hacen porque el entramado capitalista – y la omnipotente democracia- permiten estos resquicios en los que la evasión de impuestos es una mañana nublada donde ver el sol es solo una cuestión de perspectiva o de ideales. El filósofo esloveno Slavoj Zizek lanza su hipótesis sobre la dictadura de la ideología bajo la que vivimos en el documental “A pervert’s guide to ideology” donde muestra que toda nuestra construcción vital y social está determinada por un credo más férreo que el religioso, la ideología, que actúa como la deliciosa cobertura de chocolate de un huevo que está podrido.

Vivimos en una esquizofrenia social en la que se nos obliga – y acabamos profesando a pies juntillas- bajo el paraguas de la prescripción consensuada, a aceptar el absolutismo de los valores relativos; permanentes y mutantes al mismo tiempo. El refrán quien hace la ley hace la trampa de nuestro acervo popular encaja a la perfección con la idea que pretendo transmitir y es que nuestros representantes políticos se legitiman a sí mismos (y los ciudadanos lo apoyamos fehacientemente) como el instrumento terrenal de la voluntad política, mientras que obran a su antojo  (e interés) y no dejan de ejercer un despotismo moderno -ni siquiera ilustrado-.

Esto no es un llamamiento a la anarquía, es un toque de atención a nuestro civismo más inherente y a nuestra ética más autónoma y la recomendación de que leamos, veamos, hagamos, escuchemos, y contemplemos más ficción, porque la ficción nos ayuda a comprender en su totalidad la maraña de la realidad en la que vivimos.

La ficción nos recuerda la paleta de los grises y también nos alerta de que la disección de los dramas mundiales a la que se nos somete a través de los medios de comunicación y la política nos incita a que parcelemos nuestras sensibilidades y les atribuyamos diferentes estadios de gravedad; ahora tengo los ojos abiertos, ahora cerrados.

A decir verdad, aunque aún no hayan alcanzado el súmmum, deberíamos prestar atención a unos principios básicos, en construcción, unos principios que no solo sirven como marco decorativo de la mayor macroorganización de nuestro mundo, la ONU, sino que deberían servir de referente para la actuación de los estados firmantes y de cada uno de los individuos que los conformamos, la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Porque no somos un foso en el que una vez hubimos acumulado virtudes y ahora se hayan secado. No nos engañemos, la solidaridad no se agota, pero la codicia tampoco.

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