Influencias e inteligencias artificiales

El pasado domingo El País publicaba en su revista dominical, El País Semanal, un artículo desmontando el falso mito de la tecnología como un ente rebelado contra el ser humano. Para su autor, José Miguel Mulet, investigador en biotecnología, debe ser muy complicado pensar que una máquina ideada por el hombre tenga la capacidad de tornarse en contra de este, como ejemplifica con Prometeo o Blade Runner. Además, sostiene que teniendo en cuenta la cantidad de progresos y mejoras que hemos experimentado gracias a nuestras innovaciones tecnológicas sería ilógico pensar que tal cosa pudiera suceder.

Aquello que olvida el autor del artículo es que más allá de cualquier máquina, el peor enemigo del hombre es el propio hombre. Al finalizar, hace una pequeña aclaración diferenciando entre la innegable realidad de la absoluta y completa dependencia que procesamos de los dispositivos móviles y todos los avances que poseemos gracias a las tecnologías. O sea, que seamos unos adictos a estos aparatos no excluye el progreso logrado con respecto al ámbito tecnológico. En este punto estamos de acuerdo, ya que no debemos tachar como nocivo este desarrollo únicamente por el sufrido fenómeno móvil-dependencia. Pero, como enunciara anteriormente, el hombre es un lobo para el hombre.

Los avances que se realizan constantemente en la sociedad son al fin y al cabo carne noticiosa perecedera. En el mejor de los casos sólo llega a nuestro conocimiento a través de la sección de tecnología del periódico que leemos o puntual y excepcionalmente en algún telediario que haya querido honrar el trabajo de investigadores y estudiantes ofreciendo unos segundos de protagonismo en la pequeña pantalla a su trabajo.

Aquello que sí tiene la capacidad de convertir al hombre en esclavo de la tecnología, de cambiar hábitos, modificar rutinas, pautas de comportamiento e ideas es aquello que nos acompaña diariamente, las tecnologías caseras. El término que denomina esta afirmación es  el de influencers.

Que exista una profesión que se denomine influenciador es el fiel reflejo del camino que hemos decidido tomar como sociedad. Una sociedad que desprecia el arte primitivo de reflexionar y ha escogido el selfservice precocinado. Por selfservice me refiero al hecho de abandonar la creación del propio ser, de desistir en la tarea de edificarnos como persona para recurrir a los platos ya cocinados que nos ofrecen los productos construidos a partir de estas nuevas tecnologías -entiéndase como producto YouTube o Instagram-.

Aquí llega el lobo, caminando a dos patas, despojado de todo su vello, con un mentón poco ancho y unas manos finas y delicadas. Este lobo que acecha al hombre sube vídeos diariamente a YouTube. Encontramos desde vídeos en los que nos ofrecen un esquema sobre su rutina diaria, a fotos en sus redes sociales -el mero hecho de llamarse redes hace que pocos se puedan escapar de ellas- luciendo y vendiendo una imagen personal a través de la vestimenta. Estas rutinas que nos enseñan con sus cámaras, -la ropa que llevan, el maquillaje que usan-, se han convertido en comportamientos estándares que mucha población, sobretodo de mediana edad, ha ido adquiriendo paulatinamente (llegando al punto de convertirse en meras copias de esos tan adorados influencers).

La belleza de la diversidad, de la construcción del yo, de lo heterogéneo ha sido sustituida por cientos de cuentas en redes sociales que nos dicen qué vestir, qué comer, a dónde ir, cómo pensar, cómo actuar, cómo hacernos fotos, de qué lado estamos más guapos o incluso como masticar todo el montón de basura que nos ofrecen. El rojo con el rosa ahora sí pega, las piernas cruzadas, por las mañanas toma cereales de frutas que son mejores para tu cutis, cuando hagas una foto súbela a Instagram a medio día, así tendrá más likes…

El “ellos mandan porque tú obedeces” de Albert Camus en el siglo XX podría convertirse en un ellos son influencers porque tu te dejas influenciar en el 2016. J. M. Mulet concluye el artículo con la siguiente reflexión: 

“Pero ¿cuántas cosas hacemos al cabo del día en la Red? Quizás ahora tenemos más posibilidades porque la tecnología está a nuestro servicio y no al revés.”

Yo concluyo con la siguiente: olvidemos la tecnología, las películas de ciencia ficción, el horror de Frankenstein y a Arnold Schwarzenegger, que todavía nos quedan muy lejos. Y empecemos a entender la tecnología como aquello cotidiano y diario que utilizamos, que vemos y palpamos y tiene la capacidad de modificar nuestros comportamientos. Aquel que trabaja en un taller, laboratorio, fábrica o clase creando y edificando los productos tecnológicos no es el responsable del uso que se les da. Aquellos que deben tener conciencia y poseer la capacidad de finalizar el trabajo de un experto mediante un uso adecuado, útil y beneficioso somos nosotros, sus consumidores. Así que dejemos a un lado los influencers y volvamos a creernos y crearnos por nuestra propia mano.

(Portada: La Escuela de Atenas, Rafael).

@Celia Arcos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s