InCultura para todos

Cuando asistes a la consagración de una revista que sopla por tercera vez sus velas y lo hace ofreciéndote un suculento espectáculo de variedades culturales, uno no puede más que suspirar, aplaudir y agradecer el diván de autoayuda que te ha sido brindado desinteresadamente durante un día completo.

“La cultura no da de comer”, “Los negocios culturales son para los románticos”, “El 21% te ahogará y por el morirás” y una larga lista de desalientos que, por lo general, nuestro receptor emite cuando sugieres tu inclinación por esa rama o incluso, como llegaba a confesar una de las ponentes del InCultura Fest del sábado 8 de abril, la escritora y periodista Laura Fernández, te llegan a decir, asustados, que desempeñando esos oficios como el de escritor, acabarás volviéndote loco.

Lo que vivimos el sábado fue emocionante y genuino por muchos motivos. En primer lugar, el hecho de organizar un festival cultural diurno es ya algo que rompe con la monotonía de la ubicación espaciotemporal habitual de los eventos de dicha temática. Cada vez más están saliendo de su tiesto para inundar otros lugares, hecho que promueve el cese del mito de que la cultura es aburrida o se dirige solo a unos sectores de la población: la casta de los intelectuales (léase haciendo pronunciadas pausas al término de cada sílaba). Lo que se ha atestiguado es que un acontecimiento cultural puede ser a todas luces plural, interesante, ameno, enriquecedor, novedoso, diferente y divertido. Nuestra sociedad está en constante cambio y está demostrando una avidez de estímulos sin precedentes, es por ello que, el aburrimiento, debido a la gran cantidad de ofertas culturales como la que vivimos el sábado en Valencia, en el Espacio Las Naves, deja de estar justificado.

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InCultura Fest en espacio Las Naves (Valencia)

En segundo lugar, me ha interesado profundamente su carácter metacultural, puesto que a medida que se sucedía el festival, se iba justificando su propia existencia. Y es que, en la pasarela de personalidades pertenecientes a distintas disciplinas que pudimos vislumbrar, había un nexo común y este es la consumación de ese impulso que mueve a nuestras pasiones. Sin importar la remuneración monetaria, el ridículo, la falta de recepción, el apoyo de los allegados, la crisis económica o el propio alegato de nuestros actos; existe por encima de todos los avatares, un ímpetu más fuerte, una voluntad de creación y de expresión. Pudimos escuchar a periodistas, músicos, escritores, humoristas y actores, personalidades singulares y polifacéticas que nos regalaron los testimonios de sus predilecciones. Lo que sus charlas nos han legado, por remarcar una de las revelaciones más sobresalientes y, que sirve para cualquier ámbito de la vida o de nuestras profesiones, es que hagamos caso a nuestra intuición y tratemos de convertir en oficio, ese frenesí que nos posee. Y al principio del artículo agradecía a la revista Verlanga, el alma mater de este encuentro por ese mismo motivo, porque al acercar las experiencias vitales de personalidades -que ejemplifican el logro de sus pasiones- nos alienta al resto a hacerlo también.

Laura Fernández, consiguió a partir de su delirante sueño de trabajar en la revista ochentera SuperPop crear todo un mundo de ficción de colores chillones y nombres flúor de parafernalia americana a través de novelas como Bienvenidos a Welcome o Wendolin Kramer. Helena Miquel ha personificado la multiplicidad de esencias al haber podido desarrollar con ilusión y desenvoltura pasiones adolescentes como la actuación y otras venidas de improvisto como la música con Delafé y las Flores Azules. Carlos Areces quién dejó su trabajo en la oficina para meterse de lleno en el proyecto de La Hora Chanante creyendo que “se iban a dar de hostias para contratarme”; ha sabido capear la corrección política y formar parte de un movimiento de culto de seguidores intransigentes y poco amantes de los cambios, a los que denomina “talibanes”. Se mueve también por la industria del cine, ha confesado haber cumplido uno de sus sueños: trabajar en el cine con Almodóvar y Álex de la Iglesia. Y ha impreso en todo lo que hace, incluso en su grupo de música Ojete Calor, un gamberrismo que lleva como bandera un lo hago porque me divierte, sin mayor pretensión que el arte de crear. Por su parte, Edu Galán y Darío Adanti (Revista Mongolia) nos dieron una clase magistral (y necesaria en estos tiempos) sobre los límites del humor, sus condicionantes y el relativismo en el que se basan sus detractores, en la que admitieron que se rigen por los mismos interrogantes por los que se guía el periodismo: qué, quién, cómo, dónde, por qué y cuándo. Y establecieron una última y definitiva acotación: el código penal.

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Momento de la entrevista a Carlos Areces

En definitiva, un festín sonoro, literario, humorístico, periodístico y cómo no, gastronómico, en el que la cultura fue la protagonista absoluta de un sábado de abril en un enclave sugestivo y en el que, todos sus participantes y organizadores, generosos, nos prestaron un poco de su dinamismo y decisión. No podemos más que desearle al InCulturaFest y a su organizadora, la revista cultural Verlanga,  una larga vida.

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