Tecnologías de la desinformación

Cuando comenzamos a estudiar entramos en el mundo académico como unos párvulos, inexpertos e inconscientes de toda la amalgama y cúmulo de conocimientos que nunca llegaremos a aprender y, sin embargo, sobre los que tendremos que demostrar que poseemos un total entendimiento. 

Las matemáticas son para algunos un ser horripilante consagrado de manera abstracta en un sinfín de formas geométricas que únicamente comienzan a tener sentido cuando se encuentra a nuestro lado la calculadora. Para un niño de siete años, pasar la tarde entre montones de números es mucho más terrorífico y trágico que para Odiseo su estrepitosa aventura. Cuando esa pueril cabeza está a punto de explosionar, entra en la habitación una madre cansada de tener que buscar una constante motivación para animar a su hijo para que se involucre en los estudios, así le advierte con ahínco de la necesidad de entablar una amistad con su querida amiga las matemáticas para no sufrir, en un futuro, los errores al hacer compra por no haber hecho bien la cuenta o sencillamente al ser estafado debido a su insuficiencia con los números.

En el piso de enfrente, si nos asomamos por la ventana, podemos observar una chica de la misma edad que el niño anterior; sofocada por no poder entender ninguna de las palabras que lee en su grueso libro de Lengua y Literatura. Esta vez es su padre quién trata de convencerla, explicándole rápidamente que es necesario conocer la forma en que expresarse o si no se encontrará con problemas en un futuro para comprender y ser entendida.

Cada casa, cada familia, cada estudiante busca una manera distinta para hacer frente al sinfín de conocimientos que debemos interiorizar durante nuestra infancia y adolescencia. Algunos detestan las matemáticas y todo aquello que se expresa con números y otros consideran que las letras son un conocimiento reservado para los grandes escritores y que no toda la población nace con el arte de la palabra.

Sin embargo, en aquello en lo que casi todos acaban coincidiendo es en el momento en que pueden apartar y olvidar sus teóricos libros. Es en ese momento en el que los gustos y aficiones de los niños y niñas suelen confluir. Aunque algunos lo utilicen para leer el diario Marca y otros para ojear los últimos outfits de sus instagramers favoritos, los canales son los mismos: el móvil, el ordenador y también la televisión. Los pequeños de la casa se han convertido en los reyes de las nuevas tecnologías.

Estos chicos y chicas han nacido y desarrollado sus competencias cognitivas envueltos en la Sociedad de la Información, obviando el desarrollo de una formación en ella. Nadie duda de las ventajas de las nuevas tecnologías y los medios de comunicación pero, al haberse desarrollado en esta nueva era digital, son ellos, los niños y niñas de pequeña y mediana edad, en los que más hay que enfatizar para ayudarles a que conozcan el medio en el que crecen y configuran su propia identidad.

Las instituciones han sabido ver esta necesidad creando, por ejemplo, desde el Ministerio de Educación, programas como los proyectos Atenea y Mercurio, con los que se trata de introducir las nuevas tecnologías de la información y comunicación en las enseñanzas básicas.

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El problema nace, en mi opinión, en el momento en que utilizamos la nomenclatura Tecnología de la Información y de la Comunicación. Estas palabras crean confusión y hacen que malinterpretemos el uso escolar que se le debería dar a la materia. Tanto la Tecnología de la Información como de la Comunicación han sido abordadas no desde el punto de vista propio de una Sociedad de la Información: de un modo más crítico y práctico, sino desde una visión mecánica y básica. No dudo de la necesidad de conocer todas las herramientas que nos ofrece un ordenador, el cómo utilizarlo y conocerlo a fondo como si del cuerpo humano se tratase. Aquello con lo que debemos ser más cautos es con dejar atrás en este camino de conocimiento, el propio uso que podemos hacer de ese instrumento..

Aquel niño o aquella niña, que han dejado a un lado sus deberes y ha salido apresurado a encender la televisión o a escribir algún tuit sobre lo aburrida que ha sido su tarde de estudio, conocen el sistema operativo de su ordenador o móvil, sabrían relatar perfectamente la diferencia entre software y hardware que aprendieron anteayer en la clase de informática o, incluso sabrían utilizar un cortafuegos.

Pero aquello que seguramente no le hayan enseñado en ninguna clase o ni su madre ni su padre les hayan advertido, es que las nuevas tecnologías, las redes sociales o los medios de comunicación son en conclusión, un arma de doble filo.

Al igual que las matemáticas son para algunos imprescindible para configurar la lista de la compra, o la lengua y literatura son una herramienta necesaria para comprender y expresarse, son los medios de comunicación, o su canal: las nuevas tecnologías, una nueva materia a la que hacer frente diariamente en clase. No obstante, no en la manera en que han sido enfocadas, desde su perspectiva más técnica, sino desde un ángulo más útil.

Los chicos conocen cómo entrar en twitter, cómo crear una cuenta y cómo recuperar su contraseña si han perdido u olvidado la suya. Conocen además, como he mencionado anteriormente, tanto el software como el hardware y toda la abrumadora palabrería informática. En cambio, vivimos sumergidos en una Sociedad de la Información en la que se ignora el significado y la amplitud de la palabra libertad de expresión o presunción de inocencia, derecho a la integridad y a la propia imagen o privacidad. La educación es necesaria. Es la única salida para vivir lejos de la ignorancia, del analfabetismo innato del ser humano, de la torpeza, de la incomprensión, de la falta de rigor y sentido crítico.

Las seis horas de colegio que sufren diariamente todos los niños y niñas se han convertido actualmente en clases particulares suplementarias. Para ellos es ahora el móvil, ordenador o televisión, su nuevo profesor. El libro ha sufrido una metamorfosis en su estructura, ahora rectangular y que irradia luces de colores que matan nuestras ganas de reflexionar. Ya que hemos dejado que la enseñanza sea absorbida por las nuevas tecnologías, debemos pues, educar desde ellas y con ellas.

En la Facultad de Comunicación, en concreto en el grado de Periodismo, ha sido afirmado por un docente que, en el esquema comunicativo, el poder está en manos del emisor. El protagonista, aquel que controla el juego interpelativo y conoce sus reglas, es quien emite la notificación, el receptor es en cambio, una mera presa acechada por el mensaje. Esto se contrapone radicalmente a la propia esencia de la Sociedad de la Información, ya que nos incita a pensar que no es información aquello que recibimos, sino un producto adulterado.

La única solución para no caer en las redes de la monopolización de la comunicación, es conocer la manera en que trabajan las TICS y aprender de ellas y en ellas; no adaptarnos sino involucrarnos.

Conseguir que por la tarde, cuando llega el descanso, cuando comienza la verdadera clase, los chicos y chicas no sean seres vulnerables, no funcionen como esponjas absorbe-todo. Que sepan utilizar el sentido crítico y respetar. Alcanzar una verdadera Sociedad de la Información sin que ello suponga ahogarnos en la manipulación.

Artículo y fotos por @Celia Arcos

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