The drug shortcut

Hace ya unos años, tuve un momento mágico en la National Gallery de Londres. No esperaba encontrar nada al llegar, más que fantásticas obras de arte, genialidades técnicas y estimulantes de hermanos humanos que contribuyen a donar piezas del puzzle para conformar nuestra percepción del mundo. Pero encontré algo más y, no sabría muy bien como explicarlo, de hecho, ha habido un tiempo en el que me avergonzaba incluso al contarlo: cuando me hallaba delante de La silla de Van Gogh, sin entender el porqué, lloré.

Aprehendí esa rutinaria pieza de mobiliario en un chasquido, sus colores entraron en mí como por mi torrente sanguíneo, su mimbre era mi columna vertebral, la habitación y su perspectiva el ángulo de visión de mis ojos, la pipa, el tabaco, todo parecía accesorio y a la vez todo era imprescindible; era la huella insondable de una esencia que había, que debía ser captada por la pericia del artista y más tarde, por el ojo del espectador, que, con un poco de suerte, se acercaría a la concepción que una vez hubo de sentir el pintor cuando estaba en faena con sus pinceles.

London National Gallery Top 20 20 Vincent Van Gogh - Van Goghs Chair

Ni supe ni quise poner palabras a mi sensación, permití a mi intelecto descansar durante un rato (de años) y tratar de no verbalizar sintéticamente algo que de por sí ya era completo. Diré más, y es que ni siquiera quise ahondar en esa sensación buscando experiencias parecidas en otros, lo mantuve en un lugar íntimo de mí esperando a ser redescubierto cuando fuera propicio.

Mientras leía diferentes libros y ensayos para documentarme sobre el tema de las drogas, la cultura de la psicodelia y su relación con el arte, ocurrieron varios fenómenos fascinantes. En efecto, mi mirada estaba dirigida a validar la hipótesis de que, gracias a la experimentación con drogas alucinógenas como las psicotrópicas durante  los años sesenta por parte de artistas de diverso género, nuestra mente colectiva se expandió y dejó una impronta sin precedentes en nuestra percepción del arte, de la música, de la pintura y de la literatura esencialmente; lo cual supuso un atajo, el advenimiento de un inesperado callejón que excedía los límites de aquello que hubimos experimentado y manifestado artisticamente hasta el momento. Sostenía que, aquello que habían alcanzado esos genios podía ser alcanzado por (casi) cada uno de nosotros de forma natural, es decir, sin la ingesta de drogas. Porque entendía que nuestro potencial, aunque demacrado por la vida actual, la sobreestimulación o el evidente desinterés por aquello que no sea totalmente útil para nuestra supervivencia, estaba latente y esperando a que desoyamos la supremacía de nuestro raciocinio animal y atendamos a ese secreto resquicio para conseguir una percepción diferente del mundo.

Comencé pues la lectura de la obra de Alan Watts, El libro del tabú (1966) en el que escudriña sobre la losa que ejerce sobre nuestro pensamiento la filosofía platónica, el lenguaje, el utilitarismo y las principales religiones que se profesan en Occidente. Tales trabas que imponen anteojos a nuestro mirar nos perturban inequívocamente y establecen de forma tácita una inútil distinción entre nosotros y el mundo exterior: la naturaleza, el Universo, y el resto de nuestros vecinos en este planeta. Dicha cosmogonía simbólica apunta, convierte a nuestra existencia en una frustración constante, una lucha entre nosotros -el ego -, y lo que está fuera de nosotros, abocándonos a vivir en un entorno hostil donde somos enemigos incluso de nuestro yo interior. Esta disyuntiva nos obliga a buscar incesantemente abrigo y auxilio en copas de vino, religión, psicoanalistas y antidepresivos.

Tras el reconocimiento de ese tabú, ahora desvelado, traté de experimentar conmigo misma el alcance de los filtros impuestos a nuestra Inteligencia Libre, expresión acuñada por Aldous Huxley e intenté, en la medida de lo posible, que mi lenguaje (poético) fluyera evitando las trabas que la inteligencia puramente racional – aquella que intenta preservar nuestra supervivencia -, nos dispone.

Ahora sí, estaba preparada para comprender aquella sensación ante el cuadro de Van Gogh. Tomé Las puertas de la percepción de Huxley y, para mi sorpresa, a la altura de las primeras páginas, recortado quizás a prisa, en un trozo de pañuelo, una nota: “Cuéntame tu historia y algún día la incluiré en un libro” junto con una dirección de correo electrónico. Ilusionada por el hallazgo y por la posible existencia de un alma amiga, proseguí la lectura y cerré el círculo de eventos que vengo narrando.

El primer episodio de noesis (intuición, penetración) que experimento me lo proporciona el propio hilo conductor del libro: el autor quiere percibir en sí mismo, a través del consumo de mescalina el alcance de la expansión de su conciencia y dejar constancia escrita de sus revelaciones; mientras que, al mismo tiempo, expone su hipótesis de que cada uno de nosotros, en mayor o menor medida también puede alcanzarlo de forma natural.  Indica que ya en los años sesenta se han logrado progresos en la investigación sobre la relación existente entre la mescalina y la adrenalina, que segrega el cuerpo de forma natural, sosteniendo que los efectos de una y de otra en nuestra conciencia serían similares. Esto es, Huxley mantenía que, ciertamente, los humanos podíamos presenciar los mismos efectos proporcionados por nuestra propia naturaleza biológica e iba aún más allá, al distinguir diferentes tipos de personas según grado e implicación en la contemplación. 

El segundo episodio de noesis es, quizás, una de las emociones más insólitas y familiares que jamás he sentido, ojiplática, me topé con esto: “Tomé el volumen que tenía más a mano. Era sobre Van Gogh (…) era La Silla (…) que el pintor loco vio (…) y trató de trasladar a la tela. La silla que Van Gogh había visto era evidentemente la misma que en esencia yo había visto. Pero, aunque incomparablemente más real que la silla de la percepción ordinaria, la silla de su cuadro no pasaba de ser un símbolo desusadamente expresivo del hecho. El hecho había sido Identidad Manifestada, eso, en cambio, era únicamente un emblema. Emblemas así son las fuentes del verdadero conocimiento acerca de la Naturaleza de las Cosas y, este verdadero conocimiento puede preparar a la inteligencia que lo acepta para intuiciones inmediatas por propia cuenta. Por expresivos que sean, los símbolos no pueden ser las cosas que representan”.

Huxley vio una imagen del cuadro habiendo tomado mescalina, yo vi el cuadro sin tomar nada, ambos intuimos, percibimos, aprehendimos el símbolo que trasladaba el pintor, que para nosotros ya no era objeto, pero que facilitaba la pista para la experimentación del mismo fenómeno que advirtió Vincent. Había bajado la guardia y había comprendido de repente y sin saberlo, el Todo. Y se agudiza y se vuelve cada vez más sibarita, este adictivo deseo de autotrascendencia.

Así que, alma amiga en la lejanía, esta es mi historia.

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