¿A dónde van en Semana Santa?

El mundo se ha parado. Del 20 al 27 de marzo hemos pulsado automáticamente y sin elección el botón de stop. Para algunos, estos siete días han sido un estresante ir y venir de platos y vasos llenos en un bar en el que apenas cabe un alfiler, para otros han significado tener que estar constantemente atendiendo llamadas telefónicas desde la recepción de un hotel y, escribiendo, rebosantes de felicidad, la palabra “completo”. Algunos han aprovechado este parón para descansar del tedioso trabajo diario y otros, en cambio, se han dedicado en cuerpo y alma a su labor en estos días sin tregua.

La Semana Santa ha ocupado las mentes y las agendas de todo ser que se precie conectado a la realidad social. He aquí el caso y la importancia de toda la anterior palabrería. Existen unos seres (a los que hemos despojado de su característica de humanos), que viven fuera de la actualidad, sumidos en una estado ficticio que esperan no sentir. Mientras que el mundo funciona, mientras compramos, paseamos, mientras visitamos lugares turísticos y fotografiamos todo rincón que percibimos de nuestro agrado, estamos invadiendo inmediatamente el hogar de todas esas personas a las que hemos desterrado de nuestra realidad social. Tanto es así, que invadimos, ensuciamos y obramos a nuestro antojo por sus techos, que nos hemos tomado la libertad de celebrar una fiesta cristiana en su salón de estar, en sus baños y en sus cocinas.

¿A dónde vamos cuando nos echan de nuestras casas? ¿A dónde van estas personas cuando les invadimos sus hogares? No contentos con destronarles de sus vidas y arrebatarles toda posibilidad de sentirse útiles en la sociedad del inutilismo, les echamos de sus viejos cartones, de sus pequeñas aceras y de esos tristes cajeros saca-dinero y guarda-personas. ¿A dónde van?

Es un dato curioso que, durante un año entero, las asociaciones que se dedican a dar alimentos, ropa y demás enseres a estas personas solo dejen únicamente de realizar esta tarea en dos ocasiones: Semana Santa y Feria. No contentos con haberles quitado sus casas, también les privamos de los alimentos que grupos de personas de manera totalmente desinteresada les facilitan semanalmente.

Aquellos hombres y mujeres que trabajan en bares, hoteles, tiendas, taxis y todos esos servicios que ven aumentar sus ganancias de manera desorbitada durante una semana disfrutan, porque están dentro de ese sistema que les recompensa con varias semanas al año de desenfreno y salarios ponderados; en cambio, aquellas personas fuera del sistema, además de no tener la posibilidad de volver a entrar en él, son castigados esas mismas semanas que otros disfrutan, intensificando su miseria, reforzando su hambre.

Es injusto, muy injusto, que el momento álgido de beneficios para un porcentaje de la población sea el culmen de la desdicha para otros. Nos alegramos por todos aquellos que ven en esta semana la única solución para aguantar a duras penas el resto del año, sin darnos cuenta de que ese resto del año agónico, tedioso y hambriento es el día a día de casi 40.000 personas en España.

Deberíamos reflexionar y disculparnos ante esas personas que se han quedado sin una bolsa de comida durante la Semana Santa debido a la imposibilidad de acceder a cualquier calle de Sevilla por la legión de capirotes, vírgenes y cristos.

Deberíamos reflexionar en silencio pero con los ojos abiertos sobre el tipo de sociedad (o suciedad) que queremos y merecemos. Aquella en la que la balanza esté equilibrada o por el contrario una en la que acabemos interiorizando la idea de que el fenómeno del sinhogarismo es inevitable para que la mayoría de la población pueda llevar la vida que desea para que, al fin y al cabo, solo sean un número reducido a nuestra vista aquellos que paguen por la ceguera de los demás.

En Ensayo sobre el principio de la población ya Thomas Robert Malthus formula una tesis que tenemos muy interiorizada pero que percibida de forma aislada, entenderíamos como bárbara e inhumana. Aquello que el economista propone es llevar el paradigma burgués a las clases trabajadoras y mantiene la idea de que la pobreza es congénita al desarrollo social, así como que no hay medios que puedan sustentar a toda la población y, sobre todo, a estas personas sin hogar, los pobres. A pesar de lo atroces que parecen estas ideas, son vistas y puestas en práctica diariamente. El verdadero problema nace cuando en ocasiones como esta, en Semana Santa, nos vemos obligados a elegir entre disminuir la miseria de un gran porcentaje o hundir más en ella a un grupo invisible pero innegable.

@Celia Arcos

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