Rojo como un tomate

“Niño no tires la comida, que otros niños no pueden comer”.

Parece una aseveración lógica, con infundio, que hacen los padres a sus hijos en Occidente cuando estos no quieren acabarse lo que hay en el plato y les espetan que deben sentirse afortunados porque existen muchas personas en el mundo que no pueden permitirse el lujo de tirar comida, porque no tienen nada que comer.

Sin embargo, tal y como está articulado el sistema, este hecho resulta paradógico, mientras que hay personas que de facto desperdician mucha comida, hay otros que no tienen nada que llevarse a la boca. Es decir, por más alimentos que produzca el sistema, el hambre no deja de existir, porque su distribución sigue siendo desequilibrada. El funcionamiento de la actual industria agroalimentaria se basa en la más pura esencia del capitalismo: la acumulación de capital, con lo cual, todo el sector se distribuye en pocas manos, oligopolios, se deslocaliza e internacionaliza cada paso del proceso y se autorregula a través de macroorganizaciones como la Organización Mundial del Comercio, por lo que nuestros estados han de decir poco en las directrices que se tomen. Esto explica que podamos consumir cualquier producto en cualquier momento, independientemente de la temporada en la que se siembre y cultive, sin reparar en los ritmos biológicos, esto es, la temporalidad del alimento o en el desperdicio energético.

Producir de forma masiva gracias a monocultivos extensivos, invernaderos, uso de pesticidas, hormonas y abonos químicos para que crezcan más y más rápido y sean atractivos visualmente, pero insípidos al paladar, no resuelve el problema del hambre del mundo ni de la redistribución de la riqueza, ni mejora nuestra salud; sofoca nuestro hambre sí, pero crea una cortina de humo en la que la tecnificación se sigue nutriendo, y sale muy bien parada con el discurso de “producimos muchos alimentos, creamos empleo, generamos riqueza…” .

En definitiva, los alimentos se conciben como una simple mercancía más del sistema y se trata, por todos los medios de conseguir la mayor rentabilidad, rendimiento y productividad, montados en el coche del progreso sin frenosCuriosamente este hecho camina paralelo junto a un fenómeno psicológico basado en la creencia de los consumidores de que disfrutan de una mayor libertad; que se da al poder elegir supermercado, pasillos y marcas y, a poder acceder a unos precios más asequibles a expensas de una casi certera bajada en la calidad del producto. Lo que desconocemos o desoímos es que nuestra conducta despreocupada nos hace compinches de la religión del desarrollo y sus apóstoles, que no son pocos. En un artículo de El País, Marcos Gordillo, que trabaja coordinando campañas para Manos Unidas sostenía que (…) es importante tomar conciencia de que con este sistema de producción y distribución de alimentos también somos víctimas y cómplices. Hemos sido capaces de aumentar la producción pero no de distribuir los alimentos equitativamente alrededor del mundo”.

Si llegados a este punto del artículo asientes y aún más, te has convencido a ti mismo de llegar a un equilibrio entre tus actos y tus principios, expondremos algunos puntos que destruirán la aseveración de que a título individual no hay nada que podamos hacer para nadar contra corriente en este estado actual de las cosas.

Brevemente introduciremos unas nociones sobre lo que se esbozó allá por el 2006 desde la Organización de las Naciones Unidas, en concreto, desde su instituto especializado la FAO (Food and Agriculture Organization) y se elevó a la categoría de ley marco en 2012 en la Asamblea Extraordinaria del Parlamento Latinoamericano, sobre tres derechos inalienables de las personas: Derecho a la alimentación, seguridad y soberanía alimentaria. Esta ley supone de algún modo:

  • Reconsiderar conocimientos y métodos tradicionales

  • Respetar la sostenibilidad del medio ambiente

  • Reducir las distancias entre productores y distribuidores y consumidores

  • Desmercantilizar la industria alimentaria

  • Localizar la producción en vez de mundializarla

  • Rechazar de la privatización de los recursos naturales

  • Compatibilizar con la naturaleza y sus ecosistemas

  • Rechazar el uso intensivo de energías de monocultivo industrializado y demás métodos destructivos

¿En qué se podrían traducir, por lo tanto, estas directrices legislativas? ¿Quiere decir esta ley que el Estado es el garante de que,  no solo tenemos derecho a una alimentación o a que podamos elegir qué comer, sino cómo ha de estar sembrado, sus pesticidas, su cercanía, su responsabilidad ecológica o su embalaje? La respuesta es sí.

En primer lugar, debemos dar un paso que, a priori, puede parecer lógico: debemos aprender o reaprender a comer. Debemos educar nuestro paladar y a nuestra mente a que no debería comer todos los alimentos en cualquier época del año, o al menos, reducir ese consumo de alimentos que no sean de temporada. Con esto conseguimos que la producción sea mucho más natural y equilibrada, que esté en armonía con el hábitat donde esté sembrada, que no se tendrán que utilizar métodos intensivos ni pesticidas y por supuesto, en caso de tener que exportarlos de otros países donde sí crezcan naturalmente, se reduciría nuestra huella de carbono, esto es, la contaminación derivada de su transporte, ya sea en avión, barcos o camiones. Eso para abrir boca, pero si hemos conseguido con éxito educar nuestro paladar, sentiremos además un hecho maravilloso y es, que la comida sabe, huele, y visualmente es diferente.

Hemos subrayado algunos beneficios naturales, ecológicos y palatales, pero quisiera además, poner sobre relieve los sociales, aquello que llamamos “el tejido social”. El agricultor que pueda llevar a su máxima expresión estas directrices ya aceptadas por la FAO, dejará de sentirse un mero trámite más, despersonalizado de todo la industria agroalimentaria para pasar a ser un actor y activista de una revolución que comienza a nivel local y desde abajo. Sin duda, evitará además un preocupante proceso que se está dando en nuestro país: el éxodo rural hacia las urbes, la despoblación de los pequeños núcleos rurales, porque permitirá que sean viables los minifundios de huertos multicultivos. Eso consigue promover empleos a nivel local, que no se pierdan costumbres autóctonas, que se puedan incluso plantear actividades para que los niños se involucren en todo el proceso alimentario, acudan a huertos y aprendan algunas nociones básicas sobre el origen de aquello que comen tal y como ya se está planteando en muchos colegios de Andalucía.

Muchas alternativas al cauce mercantilizado de la alimentación se están desarrollando y se están expandiendo muy rápidamente en los últimos años, ofreciéndonos interesantes opciones que puede que se encuentren más cerca de nosotros de lo que creemos. Desde la promoción, por parte de entidades vecinales, de huertos urbanos en sus ciudades, hasta asociaciones que imparten cursos y talleres sobre tipos de plantas, fertilizantes, y consejos para crear nuestro propio huerto en casa, como los impartidos por El Pipperrak Urbano en el espacio Tramallol de Sevilla, en el pasaje Mallol. En concreto, el mes pasado asistimos a uno sobre plantas medicinales cuya máxima era “Que tu alimento sea tu medicina y que tu medicina sea tu alimento” en el que aprendimos los numerosos beneficios que nos podía reportar a nuestra salud el uso y consumo de plantas bastante desconocidas para al ciudadano urbanita común. 

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Espacio Tramallol, pasaje Mallol (Sevilla)

En Madrid, en La Casa Encendida entre los días 14 y 17 de abril se celebrará el Festival Humus cuya temática es la de la huerta y la ciudad, en ella se proyectarán los cortos seleccionados que hayan enviado los participantes y que responde a una creciente oferta de posibilidades en el mundo de los huertos de nuestras ciudades que tendrá su manifestación artística a modo de cortos cinematográficos.

Existen empresas agroalimentarias en las que creemos que se materializan todos los prerrequisitos expresados anteriormente, nos hacemos eco, por ejemplo, de la sevillana Más que lechugas, que planta, siembra y distribuye su producción multicultivo de su finca de Olivares en la que conviven más de treinta especies de frutas y hortalizas de temporada en una armonía natural. Cada dos semanas aproximadamente puedes pedir tu cesta por internet desde su página web y acercarte a recogerla a cualquiera de los puntos de distribución repartidos por la ciudad. Fran Silva, ingeniero agrónomo, fundador junto con Begoña López de la empresa nos contaba que aunque tuvo sus experiencias laborales con monocultivos intensivos, la puesta en marcha de este proyecto ponía en valor una producción responsable y ecológica, cuyos beneficios éticos superan con creces cualquier retribución económica. 

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Charla y degustación de Más que Lechugas en la Fundación Biodiversidad (Sevilla)

Los mercadillos (y sin duda, también los mercados tradicionales) son una de las formas más clásicas de contacto entre los productores y los consumidores, rompiendo las barreras del embalaje, la falta de conocimiento del origen de los productos y  humanizando los procesos mecanizados, poniendo cara a los lejanos engranajes del sistema alimentario. En la ciudad de Sevilla se celebran tres periódicos y uno esporádico: en la Alameda de Hércules, el segundo sábado de cada mes, en el pueblo de Gines, el tercer sábado de cada mes y en Sanlúcar la Mayor, el primer sábado de cada mes. Últimamente se están promoviendo además en el Parque de San Jerónimo jornadas de concienciación con diferentes actividades y talleres ligados al consumo responsable y sostenible y organizados en alguna ocasión por la cooperativa sevillana La Ortiga, que cuentan con una tienda de su propia producción en el barrio de Sevilla Este. En concreto, entre el 8 y el 10 de abril se celebrará en el mismo parque el Encuentro de Alternativas organizado por la cooperativa citada.

Estamos al corriente de que existen numerosos proyectos comprometidos con esta causa diseminados por las provincias españolas y, aunque aún constituyen una minoría frente a la oferta alimentaria intensiva tradicional, ya no sirve que nos aferraremos a la excusa de que no existen opciones, porque  estaríamos alimentando a nuestra inconsciencia irresponsable. Piensa que nunca es tarde si la dicha es buena, si no que se lo digan a Marcos Benavent, que pasó de ser “un yonqui del dinero” a destapar la trama de corrupción del caso Imelsa y a asistir a cursos de agricultura biodinámica. Así que, no te pongas rojo como un tomate después de haber leído esto y, ¡haz algo para cambiar la situación! 

(Foto de portada tomada por Celia Arcos)

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