Confundir ficción y realidad

Los actores miembros de la compañía de teatro Noviembre sostienen la filosofía de que el arte puede ser una poderosa herramienta para cambiar el mundo. Por este motivo, no limitan su arte a los parámetros físicos dedicados a ejercerlo, sino que los superan para causar un impacto mayor, vistiendo máscaras que no son más que la representación de las minorías, de la tristeza, de la apatía, de la enfermedad del dinero; actuando en la calle, en el metro, colándose en otras obras de teatro, transgrediendo las formas y los contenidos, con la libertad de expresión como único baluarte.

El grupo rememora unos veinte años después un suceso acontecido durante la representación de una obra dentro de un teatro en el que se cuelan para desplegar su actuación. En ella, dispersados por la sala, se despojan de su atuendo formal y se yerguen para tocar instrumentos musicales que sirven de acompañamiento al espectáculo central.

El protagonista, vestido de mimo, se balancea de pie sobre un columpio en mitad del escenario mientras ríe de forma estridente y grita:

“Nosotros somos libres. (…) somos majaretas (…) un arte alegre, que les dé fuerzas, un arte que les haga sentirse vivos, un arte que llega directamente al espíritu de los hombres, que nos mejore como personas, un arte sin fronteras, sin religiones, sin razas, (…) el arte es un arma cargada de futuro, pero no un arma de fogueo, un arma de verdad, un arma que se tiene que hacer oír y que tiene que dar en el blanco”.

Al mismo tiempo que profiere su discurso, sostiene una pistola de la que, al accionarla, sale disparada una flor. Uno de los policías que se encontraban por la sala, alertados por la “amenaza” del supuesto secuestro del teatro por parte de los actores, al verlo sostener la pistola, dispara al actor-mimo, cuyo cuerpo inerte queda colgado del columpio ante el estupor de sus compañeros y del público.

Sin duda alguna, las fuerzas del orden erraron en su interpretación del suceso: simbolizar y representar no es lo mismo que hacer, imponer, militar, amenazar. Llevar una pistola cargada con una flor de plástico no es lo mismo que llevar una pistola cargada de balas con la intención de herir. Las evidentes limitaciones de la vida real se han de suplir por medio del ilimitado e infinito universo de posibilidades que nos ofrecen las diferentes formas de mutación de las artes.

Los párrafos anteriores hacen alusión a la película “Noviembre”, del director Achero Mañas y son ficción. Pero, ¿es esto lo que ha ocurrido con el caso de los titiriteros? ¿Que se ha confundido la realidad con la ficción? Tal vez, pero quizás una de los mayores contrariedades que me causa esta situación (obviando la desmesura de la reprimenda) es el hecho de que la esfera política afín se haya doblegado al bastión del impuesto sentido común y que además, la comunidad artística y aquellos que los apoyan deban aportar un sinfín de explicaciones y acudir a precedentes como la sátira o al Don Cristóbal de la cachiporra o los guiñoles para justificar la representación y desmenuzar en términos artísticos la metáfora que de ella se extrae, para todo aquel que no la haya entendido y que pretenda, por ello, criminalizarla.

Las imágenes que se dan en el teatro o en el cine (o en los videoclips) son poderosas, pero tienen la traba de que, al revelar la totalidad de la construcción mental, con sus diálogos, imágenes, colores, música… se exponen a la aparente correspondencia absoluta entre ambos términos de la metáfora, esto es A es igual a B, mientras que, por el contrario, la ventaja que nos brinda la literatura es que se escuda en la volatilidad de una parcela muy íntima, privada y libre, que es para nuestra mente la imaginación. Como ejemplos hay miles, pero parece evidente para (casi) todos, que el autor de un libro en el que se comete un asesinato no irá a la cárcel. Si queremos hablar de temas tabúes expresados artisticamente– como parece haber ocurrido con los títeres – cuya ejecución real en nuestra sociedad estaría penada, hablemos de Nabokov, quien en su libro “Lolita” narraba la historia de un intelectual con perdición por las menores de edad y sin embargo, a pesar de que se publicara en los años cincuenta y se popularizara en los sesenta, cuando supuso un impacto escandaloso, se supo analizar y valorar por su carácter de obra de arte y no por su moralidad, su ejemplaridad o su peligrosidad en tanto en cuanto, los arquetipos allí creados se pudieran reproducir en la sociedad.

En definitiva, sus metáforas son menos sutiles y quizás eso provoque que su muestra sea más tosca, más inmediata y contundente, la supuesta violación explícita de la bruja (que los titiriteros desmienten), el ahorcamiento del juez, la muerte de la monja … son escenas de complejidad moral e intelectual puesto que al aparecer sin nombres propios, no hacen una mención directa a ningún personaje en concreto y el uso del sustantivo colectivo en lugar del propio, puede propiciar equívocos en mentes poco desarrolladas o favorecer a aquellos con intereses maliciosos.

Quizás para haberse salvado de la quema – dado que cantantes y actores parecen ser los que más están en el punto de mira – deberían haber echado mano de la sutilezas de las que nos provee la lengua y de las vaguedades de la fábula: haberles dado a los personajes un nombre propio y si querían adecuación absoluta a lo que los dictámenes de nuestra sociedad politizada espera de ellos, consumar un final ejemplarizante a la vida perseguida de un individuo que no está de acuerdo con las normas sociales.

Es más que notorio que nuestro sistema está imponiendo su propio canon de final feliz y este no es otro que se encuadre dentro de la construcción de arquetipos que respeten la reproducción y la garantía del status quo político y social. Si creíamos que democracia implicaría de facto una libertad de expresión real, íbamos listos.

Sin duda, el contenido artístico, por su complejidad interpretativa o por su crudeza, podría no ser del todo apto para niños que, sin embargo, tras la visualización de la obra volverían a casa alarmados y se sentarían a jugar a videojuegos de marcado carácter violento para relajarse, o a ver las noticias de las tres de la tarde – que, por cierto, es horario protegido – y divisar actos de dudosa ética como quemar a indigentes en cajeros, violencia que no obtiene represalias, continuado lenguaje grosero, sexismo, radicalismo, discriminación, pobres, ricos, la idiosincrasia de las clases sociales, anuncios de consumismo que manipulan la conducta de niños y mayores… titiriteros que entran en la cárcel por haber representado una obra de ficción que ha visto realizada su metáfora en el mundo verdadero.

Este hecho se ha intentado analizar en términos lingüísticos y artísticos, y no intentaré entrar a ponderar la bajeza moral que demuestra el usar el terrorismo como arma política, como tampoco me pronunciaré sobre las decisiones caprichosas de doble vara de medir sobre los titiriteros y los culpables de la corrupción y el desfalco.

De nosotros se espera complacencia y buena educación, que no hagamos mucho ruido, que vayamos con pies livianos y que, aún alados, no volemos demasiado alto, no querramos ver nuestras alas derretidas al sol por culpa de nuestra osadía.

Dios quiso destruir a la humanidad mandándonos el diluvio universal y aquí nadie lo ha citado en un juzgado o lo ha declarado investigado.

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3 comentarios sobre “Confundir ficción y realidad

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