El ego de los machitos

Puede que los siguientes párrafos molesten. Que escuezan. Que levanten suspicacias. Que se interpreten como un desvarío, como una exageración. Que ofendan. Por ello pido al lector cierto grado de autocrítica.

A raíz de los comentarios en una foto que la escritora y colaboradora de eldiario.es Barbijaputa publicó en su página de Facebook mi cabeza empezó a darle vueltas a la idea de explicar por escrito lo que llevo muchas veces debatiendo con amigos/as y conocidos/as, a veces con alegría por el entendimiento y otras con desesperación no solo por la cabezonería del compañero, sino por los motivos implícitos de esta. Método analítico mediante, desarrollo.

Dos de los comentarios antes referidos, emitidos por hombres autodenominados feministas, fueron los que me enervaron, ambos con la misma lógica: el feminismo no es una lucha de mujeres sino de todos los que están en contra del machismo. Una persona no iniciada en el movimiento puede pensar «Bueno, es verdad, el feminismo no es solo cosa de mujeres, debería incluirse a los hombres como iguales en la misma causa ya que lo que se persigue no es otra cosa que la igualdad». Con buena intención, no lo dudo. Pero contemplemos el sistema.

Advierto de antemano, llegados a este punto, que todo aquel que no parta de la premisa de que vivimos bajo un sistema heteropatriarcal no encontrará aquí, a su juicio, razones sensatas y que, lógicamente, si pretende debatir este artículo desde esa óptica no hallaremos, ni el emisor ni este receptor, entendimiento alguno en el otro.

Desde que nacemos, a los hombres se nos inculca un hambre de éxito, un afán insuperable de victoria, una búsqueda incansable de triunfos en todas las facetas de la vida. Se nos enseña que son los líderes los recordados, que el segundo plano es una posición a evitar, que para hacernos valer hay que estar siempre a la cabeza, que el fracaso es el destino del débil. Que un hombre es débil si gana menos dinero que una mujer. Que somos débiles si practicamos actividades históricamente atribuidas a las mujeres. Desde pequeños se nos cría en el ego y en el orgullo y en defenderlos a capa y espada contra todo aquel que nos quiera desposeer del lugar prevalente que creemos merecer. No podemos ser secundarios. No podemos colaborar. No podemos conformarnos con la segunda fila. Hemos de demostrar en todo momento lo que valemos.

Este ego, este orgullo, forman parte del imaginario emocional del que los hombres somos presos por sistema. Y, al ser emocional, desata reacciones emocionales cuando se le hiere; reacciones que se mecen entre el ataque y la defensa, entre la demostración y la negación. Reacciones que cobran forma de falacias y de excusationes non petitas, de victimismo inconexo, de justificaciones hirientes. Si se habla de violencia machista, hay que recordar que no todos los hombres somos machistas, que no todos somos violadores, que no todos somos maltratadores, que no todos somos asesinos; que también existen mujeres maltratadoras y asesinas. Como si el pecado compartido nos librara del infierno. Como si tuviésemos que defendernos de un ataque que no va hacia nosotros. Como si hubiéramos de formar una alianza de hombres no machistas para recordar a cada momento que seguimos siendo aliados. Como si el feminismo, por defender a las mujeres, atacase nuestra condición de hombres.

Imaginen que en 1930, durante la marcha de la sal, en lugar de Mahatma Gandhi el líder hubiese sido un colono británico. Imaginen que quien hubiera pronunciado en Washington en el 63 el discurso I have a dream hubiese sido un varón caucásico. Ambos personajes imaginarios habrían hecho una encomiable aportación a la lucha desde sus ideales igualitarios y antiimperialistas, pero se trata de algo tan simple como que no era su lucha. No me malinterpreten, no es que debieran posicionarse en contra por hallarse privilegiados. No es que no debiesen participar. Es que no formaban parte de los oprimidos. Es que eran tácitamente cómplices de esa opresión. Asumir un rol de liderazgo que resta visibilidad a las verdaderas víctimas es un acto, cuanto menos, innecesario. Los colectivos favorecidos no debemos acaparar un protagonismo que no solo no se nos ha pedido, sino que no nos pertenece.

Es relativamente comprensible que nos cueste bajarnos del trono de marfil de la masculinidad y aceptar un rol gregario. Es complicado llegar a asumir, después de tantos años siendo educados en lo contrario, que no somos indispensables en todas y cada una de las luchas. Es difícil entender que colocándonos en el mismo escalón que las mujeres en la batalla contra el machismo les hacemos un flaco favor, invisibilizando su papel primordial como género oprimido. Es desesperante aceptar que lo mejor que puedes hacer para apoyar una causa en la que crees es hacerte, en cierto modo, a un lado. A mí me costó, y sigo fallando muchas veces, cayendo y volviendo a plantar los pies firmes en el suelo social. Pero el hecho de que sea complicado, difícil o desesperante, no implica que no debamos desprendernos de nuestro orgullo y aceptar que, en la lucha feminista, las protagonistas son ellas. Las líderes han de ser ellas.

Porque no somos ni seremos nunca capaces de ver el espectro completo. Porque yo nunca he sentido miedo si, yendo solo de noche, una mujer caminaba detrás de mí. Porque yo no corro el riesgo de ser despedido por estar embarazado. Porque yo no he tenido que dar un número falso ni fingir que tengo pareja para que una mujer deje de darme la vara. Porque si a algún hombre le ha sucedido esto, ese acto supone un porcentaje tan irrisorio comparado con el número de veces que puede ocurrir al contrario que el simple hecho de equipararlos es insultante y degradante hacia las mujeres. Porque somos y seguimos siendo privilegiados por sistema y, por eso, colocarnos al lado de las que no lo son resta, simple y llanamente, poder a la reivindicación. ¿Debería protestar Cristiano Ronaldo de igual manera contra los impagos de salarios en los clubes de fútbol que un jugador que milita en un equipo de Tercera Regional? Les daría una visibilidad exponencialmente mayor, es cierto, pero ¿accedería el astro portugués a rebajar considerablemente su salario a cambio de que el resto de sus homólogos tuvieran unas condiciones laborables dignas? Vayamos más allá: en el hipotético caso de que así fuera, ¿por qué Cristiano debería hablar en nombre de un colectivo discriminado al que no pertenece? ¿Cómo puede llegar a comprender la situación de sus compañeros más desfavorecidos si desde que llegó a Manchester su vida se ha rodeado de lujos?

Imaginen lujos como que no se te juzgue en primera instancia por tu físico en casi cualquier contexto. Que no te consideren, por defecto, incompetente en múltiples campos del saber. Que no te juzguen por enseñar tu cuerpo si te apetece. Que nadie se plantee que provocas por la vestimenta que llevas. Puede parecer incomprensible, pero son privilegios de género. Del género masculino. Y son privilegios perpetuados consciente o inconscientemente por el sistema en el que nos hallamos.

No nos equiparemos a las mujeres en una batalla por unos derechos que para nosotros son privilegios. La lucha del feminismo es de las mujeres. Nosotros colaboramos, apoyamos, empujamos. Pero no lideremos la marcha.

@Carlos Iglesias

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