El arte de lo primitivo

Imagen Guardians of the secret (Jackson Pollock, 1943).

Una divagación a partir de la película The Revenant, de González Iñárritu

En ocasiones, la sencillez pasa inadvertida, es infravalorada y vilipendiada por nuestra sociedad y por los encargados de hacernos saber qué es cultura y discernir en ella cuál es la buena y cuál la mediocre.

Aunque algunos se obstinen en inventar nuevos significantes para nuestros términos (con una historia innegablemente enraizada) porque parecen atractivos al usarlos o pensamos que el lector es bobo y desconoce su significado, en este caso, el uso de la palabra “catarsis” sí está justificado en este razonamiento. Como sociedad debemos experimentar cada cierto tiempo y de manera cíclica, ciertos estados y emociones para no olvidar atrocidades pasadas o para recordarnos a qué orígenes debemos nuestro actual civismo puesto en entredicho. Y tal como sucedía también con las tragedias griegas, es el actor quién sufre por nosotros, consiguiendo evocar en el espectador emociones primitivas y experiencias viscerales. Esta película me deja el poso de un diálogo interno que creo ya haber mantenido, que se pregunta sobre aquello que llamamos naturaleza del hombre, cómo habría sido el devenir de nuestras civilizaciones si hubiéramos sido pacíficos, si no hubiéramos ejercido la masacre sobre todos los pueblos de forma errática.

Algunos lo llamarán eterno retorno en el sentido más moral y filosófico que podamos comprender, no en la mera dimensión cronológica al que desde luego no se refería el Zaratustra nietzscheniano – que caería en una simplificación excesiva que no explicaría la totalidad de su alcance– , esto es, la repetición de los esquemas de pensamiento de la humanidad porque nuestro radio individual y colectivo de acción de superación o mejora con respecto a lo anterior es mínima y apenas perceptible, la humanidad da un paso y retrocedemos dos.

Es imperioso entonces recurrir a mitos, pero usando los elementos más fundamentales que lo componen como los espejismos reflejos en su etimología más estricta que nos proporciona la comparación con el alter ego: dualismos absolutos. La lucha entre civilizaciones y el impasse que se da cuando tienen que soportarse en una convivencia forzada. Mediante la yuxtaposición de los elementos: fuego, agua, tierra, aire, Inárritu engendra un viejo mito novedoso porque los interrogantes que plantea siguen vigentes en la secular relación del hombre y el instinto de supervivencia, la muerte y la vida, la naturaleza y el ser humano, la causa y el efecto, lo inexplicable y lo predecible y su consiguiente explicación racional y espiritual. Pudiendo ser este el causante de que las grandes obras clásicas aún sigan teniendo vigencia.

Para ir a lo esencial hay que utilizar elementos atómicos nada pulidos que se presten a su domesticación, por ello no tienen cabida en la película conversaciones de tipo existencialista posteriores a un desarrollo industrial de mayor calado, mayores muestras de humanidad de las representadas, lágrimas frondosas o ética elaborada que pueda no comprarse más que con dólares.

Esta pieza de arte debe ser entendida como una poderosa fotografía de una hora y cincuenta y séis minutos que apela directamente a nuestras vísceras sin necesidad de pasar ningún filtro cultural, melódico, lingüístico, intelectual. Es por ese motivo difícil de digerir, porque viene aún en trozos muy grandes, al contrario que la actual cultura atomizada a la que estamos acostumbrados.

Es por ello que, el crítico, ha errado una vez más en su interpretación de esta película.

Por lo general, siempre bajo mi opinión y experiencia, se incurre en errores conceptuales que no derivan más que de la desacertada asunción que el ser humano no solo tiene del arte, sino de sí mismo en su relación con el mundo. Y esta es la visión dividida, fraccionada en unidades inteligibles en vez de cautivarlos como el todo indivisible que es. Según este axioma, nos inclinamos a diferenciar forma de contenido, a asociar hermenéuticamente autor y estilo y posteriormente a incluirlo en un determinado movimiento o corriente de análogos rasgos.  Y aún más y lo que provoca mayor desazón es que los críticos tratan de ver qué hay más allá de lo que el artista nos presenta, como si este hubiera ocultado premeditadamente una información velada que aún no se nos ha revelado a las mentes poco lúcidas y que algún visionario tiene la llave para exteriorizar. Dicho esto, considero que a veces ese proceso intelectual que trata de profundizar en un pozo utópico no se debe a la propia voluntad del analista, sino más bien al alimento de un sistema de códigos fuertemente asentados que nutren al clasismo, la ortodoxia y al excluyente y perpetuado lenguaje del academicismo.

Por poner un ejemplo pictórico, el análisis de esta película podría equipararse con el intento de tomar el proceso automático de las obras de Pollock y tratar de expoliarlo de su brutalidad, es imposible, hay que aprehenderlo tal y como es. Crudo, rudo, bruto. Intuitivo, automático, caótico.

Es una película de cultura popular y para cultura popular, en la que la pomposidad no tiene justificación, solo la experimentación. La interpretación no puede practicarse por lo que la figura del crítico no puede más que sentarse y disfrutar igual que cualquier hijo de vecino. El crítico no puede intervenir, extraer elaboradísimas conclusiones de tiempo, lugar, atmósfera y contexto, no puede ponerse los monóculos de clase alta porque no ha sido invitado al espectáculo. Ni tampoco tratar de desgranar metáforas que en nada encuentran su equivalente en la realidad, porque no las hay.

Entiendo que al final, el arte es subjetivo, por lo que se reduce a una sencilla respuesta basada en el sí o en el no, me gusta o no me gusta, y no por ello puede culparse a nadie por su negativa en ese placer, sin embargo sí que es posible (y necesario) apreciar y reconocer que se trata de una obra de arte.

Que te excluyan del show de la majestuosidad de la naturaleza del hombre, de la arbitrariedad naturae, de la ausencia casi en su totalidad de una ética humana más allá de la pragmática de la intemperie, debe doler; uno debe sentirse como si le hubieran robado sus martillos y cinceles y tan solo pudiera contemplar impertérrito la marmórea obra del David de Michelangelo, extasiado y con fervor por participar, mas condenado a la pasividad activa de la contemplación.

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