Castizo

CASTIZO:

“Que es genuino, puro y típico de un determinado lugar.”

Las modas en ocasiones entran en nuestras vidas, amigos y ciudades como un elefante en una cacharrería: destrozan todo cuanto encuentran a nuestro alrededor creando un nuevo orden que hace harto complicado la vuelta al estado primordial – hasta que aparece otro nuevo elefante –. El hipsterismo, ese fenómeno cuyo nombre hemos dejado de escuchar durante un tiempo – quizás porque se ha regurgitado así mismo virando al silencioso movimiento sin nombre del que quiere ser más exclusivo- es la prueba de que algo que inicialmente repudiábamos o desconocíamos puede convertirse en nuestro credo y de hecho, acabarnos vistiendo como sus monjes.

Como todo fenómeno social, comienza por contagiar a pequeños grupos de la sociedad que, comúnmente, suelen estar a la vanguardia de las tendencias de todo tipo y más tarde, el sistema zarandea su varita mágica convirtiendo en ordinario y en aceptado todo lo que toca, para que sus miembros nunca estén totalmente apartados de la ortodoxia social; pudiendo mutar así una serie de principios, formas de vida e intereses en objetos y bienes de consumo; una herejía que retornará a los brazos de la Iglesia a golpe de Visa. Así podemos encontrarnos con “peperos aparentemente hipsters” y en Sevilla cofrades en camisa leñador y bigotes.

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Asador de pollo San Esteban, calle San Esteban. Foto hecha por Celia Arcos.

Los fenómenos sociales que se dan en la actualidad no vienen solo acompañados de la dimensión cultural, folclórica o antropológica sino que aparecen aupados en primer lugar por el matiz materialista, una irreemplazable presencia estética que dictamina grados de inmersión en dicha tribu, moda o fenómeno, como si de un rito de iniciación a un tipo de secta postmoderna se tratara. Y en parte así es, buscamos la aceptación social de nuestros semejantes.

Nuestros hipsters sin ir más lejos constituyen algo así como una tercera generación reciclada a partir de un grupo primigenio de los años cincuenta estadounidenses que deseaba mantenerse en las lindes del sistema, y así se les consideraba, hasta que, ¡boom! se hizo el trasvase de un flujo muy valioso, cultural y socialmente inadaptado, de manifestaciones literarias y jazz de inmenso interés, a ese apartado que denominan “subcultura”. Esta no es más que la pseudocreencia de que en efecto, te mantienes alejado de las garras del sistema y nada más lejos de la realidad.

Pero basta de dar rodeos y definámoslo: el hipster, autoproclamado ser progre y avantgarde con respecto a todos las esferas culturales (arte, música, gastronomía, cine, teatro, libros, decoración, ecologismo, política…) vive encerrado en su ghetto e incita sin consideración alguna al éxodo obligatorio del grupo poblacional que allí habitaba. No solo asimila y hace suyas manifestaciones culturales de la cultura popular o de culturas de diferente procedencia sino que además ejecuta sus maniobras desde el desdén y el alegato de su superioridad cultural, convirtiendo en anecdótico, simpático o pintoresco lo que allí enraizaba su tradición.

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Taberna Gonzalo Medina, calle Relator. Foto hecha por Celia Arcos.

Un par de ejemplos sobre lo que pretendo describir, Isabel Marant, la diseñadora de ropa sacó al mercado una línea de camisas de idéntico motivo y corte que los que hacía el pueblo indígena Tlahuitoltepec Mixe, ella cuadruplicaba el precio con el que esta colectividad vendía sus prendas realizadas a mano y las expoliaba de su sentido en la comunidad, de sus orígenes y su significado (para más tarde consumar la paradoja del capitalismo y ser imitadas por Inditex). O pongamos otro ejemplo de colonialismo e hipocresía hispter, las críticas hacia el programa y al cocinero Dabiz Muñoz por ser una persona normal, procedente de un barrio obrero que ha obtenido reconocimiento y tres Estrellas Michelin, como si alguien que no hubiera leído a Haruki Murakami, no se emocionara con los gritos de Yoko Ono en el MOMA o no llevara gafas redondas amarillas de Oliver Peoples no mereciera sinceramente llegar a donde ha llegado y disfrutar tan efusiva y espontáneamente como lo hace él con su cocina para clases altas desgarbadas e irreverentes.

Inequívocamente, sin embargo, como vástago del capitalismo alguna cosa buena habrá traído: ha conseguido la revitalización de zonas marginales a través de la tediosa gentrificación (lo cual ha elevado los precios de todo hasta el cielo), ha emprendido proyectos de integración cultural, así como ha acercado renovados espíritus de ecologismo y respeto al medio ambiente o el fomento y  de corrientes divergentes de arte y pensamiento que ha encontrado un nuevo público.

Esos hechos no se pueden negar, no obstante no tratemos de ocultar bajo su utilidad la homogenización totalitaria que este ha propiciado y por encima de todo, lo que principalmente aborrezco de la vacuidad de las modas materialistas es el hecho de que se reniegue de la cultura popular y se imponga en cambio una elitista fundamentada en la exclusividad y casi únicamente, en ciertos valores estéticos. Su éxito además, radica en que dentro de sí tienen cabida elementos que posiblemente fuera de su paraguas suenen antitéticos, pudiendo por lo tanto renovarse así mismo infinitamente como cualquier objeto de consumo más.

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Café Picalagartos, calle  Hernando Colón. Foto propia.

Donde ya vagamente la iglesia del barrio, con excepción de los mayores que la frecuentan, ejerce su sempiterna función de convergencia y cohesión social, el bar “de toda la vida” que era el segundo templo que quedaba en pie, está siendo fagocitado por la tiranía de la forma sin contenido. No sintamos vergüenza de lo castizo, recordemos el porqué de su lugar, el sentimiento de su existencia y participemos de su leyenda; contribuyamos a que la cultura avance sostenida por el sedimento u opuesta tangencialmente a él, pero nunca negando su existencia. Huyamos del snobismo de la deconstrucción artificiosa y pretendida de la cultura.

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