The Walk of Shame

Antes, se podría decir que no habría sido partidaria de quitarme el sostén y quemarlo en una hoguera como a finales de los sesenta. Antes me rechinaban términos y expresiones que tenían como propósito visibilizar el feminismo en la lengua frente al machismo invisible imperante. Antes, no comprendía el alcance de los movimientos que reivindicaban de una forma muy llamativa la figura de la mujer como los Pussy Riots o Femen, ni hubiera defendido enseñar las tetas en una manifestación porque entendía que atentaría contra el decoro. Antes pensaba que la mujer que estaba sometida era, en muchos casos, la que lo permitía y observaba la lucha desde un patio de butacas desde el que no me sentía partícipe, máxime, lo veía anacrónico. Antes, no entendía el feminismo. Antes, sin saberlo, sin quererlo, defendía el status quo del yugo hacia nosotras sin darme cuenta de que justamente esa situación es la que nos convierte en víctimas y cómplices de una sociedad que está muy lejos de ser igualitaria.

Observamos ciertos movimientos sociales de minorías oprimidas, este en particular, desde la óptica de que a nosotras no nos toca de lleno o no sufrimos directamente sus consecuencias porque no somos víctimas de su manifestación más brutal, la violencia de género, cuando son justamente esas sutilezas las que convierten la supremacía del hombre sobre la mujer en un logro. Esta no es una lucha hombre contra mujer, porque considero que el hombre a veces ni siquiera es consciente de la articulación, -digámoslo- patriarcal, del sistema. Quiero meterme en esta camisa de once varas para evidenciar mi caso en concreto sobre cómo me di cuenta de que abandonar o ignorar la lucha de género no hace más que acrecentar u obviar el problema.

Uno de los hechos que me despertaron de mi letargo fue una serie de fotos en BuzzFeed denominadas The Walk of Shame. Para el que no lo sepa, con esta expresión se denomina el camino a casa del día siguiente de una chica que, tras salir de fiesta y pasar la noche en casa de algún chico, vuelve con la ropa del día anterior llamando “poderosamente” la atención al ir con un atuendo inapropiado por la mañana – vestido corto, tacones, y algún tipo de abrigo por encima que suele pertenecer al chico en cuestión –. Pues bien, en esta página se recogían fotos tomadas por personas (chicos y chicas) que se habían topado con la chica de vuelta a casa y, de paso, ironizaban y se reían de la situación incluso haciéndose selfies con ellas detrás cuando no eran descubiertos. Con estas fotos, animaban a que todos los imitáramos, que ridiculizáramos también a la chica que había pasado la noche con alguien y que volvía a su hogar un tanto avergonzada con ese conjunto tan vistoso.

De ese suceso hay dos elementos que me gustaría subrayar y que evidencian que el machismo es algo más volátil de lo que solemos creer. Por un lado, el hecho de que la ropa que llevemos puesta desvele “aparentemente” aquello que hayamos hecho la noche anterior. Analizando el imperio de los convencionalismos sociales podremos descubrir qué se esconde detrás de unos tacones y una minifalda a la luz del día para que por la noche no constituyeran un elemento tan destacable. En esto entrevemos la trascendencia de la moda en nuestras convenciones sociales y viceversa, y más allá, el nexo existente entre la moda y las reivindicaciones de la mujer.

Si nos remontamos a los años sesenta, uno de los símbolos que testimoniaban los logros alcanzados por esta mimoría social tales como las leyes del aborto, el divorcio o la inserción de la mujer en el mundo laboral fue la minifalda. Desde entonces hasta ahora, como si de una cebolla se tratase, la mujer (en el mundo Occidental) se ha visto desprovista de capas de ropa y sin embargo, esta no ha sido correspondida totalmente por los subsiguientes logros sociales y legales. Por el contrario, el despelote figurado de la mujer durante estas décadas ha acarreado un doble trasfondo, por un lado, el que ya he apuntado como manifestación de su liberación y por el otro, la patente cosificación de la mujer como reclamo y objeto sexual. Entonces, ¿qué hacemos, nos desvestimos o nos vestimos?

Si Miley Cyrus enseña los pezones, la lengua, el culo o lo que le plazca es una fresca como poco y un mal ejemplo para las niñas adolescentes, pero para otros puede ser un símbolo de libertad de a quien poco le importa lo que piensen de ella, ¿o sí? Este caso, sin embargo, tiene otros factores que deben ser tenidos en cuenta, como que es un personaje público sujeto a los cánones y a las normas de una industria musical en la que cuanto más desafíes a lo políticamente correcto más lograrás que se te escuche.

No obstante, si tomamos como referente a cualquier persona corriente que podría representarnos de forma más fidedigna, estoy segura de que si examináramos su atuendo, extraeríamos unas conclusiones, unos prejuicios de valor, que en absoluto son de hecho, es decir, que podrían no hacer justicia a la realidad, los principios o la personalidad de esa mujer. Pero es que el machismo o la sociedad machista en la que vivimos ha sabido muy bien alimentarse de nuestra cultura de superficialidad para explotar aún más sus preceptos y extenderlos incluso entre las propias mujeres y ha sabido constituir dos, tres, cuatro o cinco culturas y subculturas en las que la mujer es a la vez, una libertaria, una liberadora, una fresca o una recatada, elegante o cutre, según convenga a la industria, a la longevidad costumbrista del estatus impertérrito o a lo moderna y progresista que quiera parecer nuestra sociedad. Y, efectivamente, digo, parecer y no ser, porque somos tristemente una sociedad de apariencias y de desconocimiento en la que algunos tratan de humillar al martillazo constante de la violencia de género aludiendo a que existen otros problemas que deben atajarse, otros eliminando el aprendizaje teórico en las escuelas, evitando así la reflexión y la sanación de una sociedad que olvidará o nunca llegará a saber, de qué se aqueja.

A la mujer le diría, viste como quieras, pero queriendo conscientemente, dentro de los desdibujados límites de libertad en los que nos encontramos, ejerciendo tu consciencia lo más libremente que puedas.

Al resto, informaos, estudiad, profundizad, hay vida más allá de la minifalda.

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