El árbol de la vida

Existen algunos momentos que catalogo de mágicos porque parecen construir un submundo precioso en el que sigue siendo posible la incertidumbre positiva y la capacidad de autosorprendernos. Para mí esos instantes los propician principalmente los domingos, con un largo desayuno y revistas, periódicos y blogs a los que acceder y también, no la ninguneemos, la Wikipedia. Algunos de los principales ingredientes que orquestan la magia son el azar y la acción, esta última como contrapunto a la pasividad a la que se nos incita diariamente a través de los medios, al recomendarnos obras literarias que leer, películas que ver, estilos de vida que seguir etc., reduciendo al mínimo nuestras capacidades de crítica o de pura elección voluntaria. Y digo esto, porque dudo que después de la batería de anuncios o pseudoanuncios a los que nos someten acometamos alguna elección verdaderamente libre y consciente.

A veces he querido llamar a este proceso refiriéndome a él con algún nombre o expresión, pero nunca ha funcionado, es tan abstracto y cada vez tan diferente que reducirlo a un nombre es condenarlo a una existencia mediocre. Sin embargo, no puedo evitar acudir a él en mi mente como “árbol de la vida” porque el proceso intuitivo por el que paso se parece mucho a un ser vivo, con sus ramificaciones, tronco, hojas, incluso otros seres vivos que lo pueblan y alimentan. Aún así, alejo su denominación de la de otros,  que nada tiene que ver con la de Baroja, aún menos con la de Malick.

Con un café como carburante para mis dendritas, leo y busco conscientemente crear conexiones a través de asociaciones en mi memoria, flashes de aquello que recuerdo haber escuchado de charlas, extractos de fotos en mi retina,  libros que he visto leer en los trenes y así voy tejiendo una manta cultural que me resguarda de toda la frialdad y la superficialidad con la que el 21% se ríe de nosotros. A menudo para buscar más esquejes, me gusta visitar las librerías, aunque acudo a ellas con una actitud diferente en función de donde tributen, a las grandes, no he de negarlo, las trato con un poco de desdén, a las pequeñas, con un cariño que solo un amante de la celulosa puede entender. A las grandes, me gusta acercarme con sigilo, observo e intento pasar desapercibida para admirar con curiosidad las actitudes de los consumidores, auspicio lo que será más vendido por el orden de colocación; las entrevistas que haya habido últimamente en la televisión colocarán tu antología poética en un lugar visible esta vez, aunque antes haya que utilizar el plumero para no levantar sospechas de su procedencia. Si has cometido una pifia o se te ha adjudicado una novia que antaño publicitara bombones dorados, entonces aparecerás en una posición destacada, alimentando cuchicheos. En las pequeñas, la luz cálida, el amor por la profesión y el tiempo sin manillas te invitan a olvidarte de las listas de los más vendidos y a indagar en joyas perdidas de pensadores olvidados y poetas malqueridos.

Daré dos pistas sobre cómo empieza y acaba mi particular árbol de la vida de esta semana para que seáis partícipes del  inverosímil abono con el que aderezo a mi plántula; comienza por Bernard Mariè Koltès y termina con Kierkegaard. La primera de mis ramificaciones creo recordar que tuvo tal mérito por ser una de las fuentes de inspiración de una obra teatral que se está escenificando en Madrid sobre la que leí una reseña. A su vez, por ser francés, entiendo que alimentó mi conmoción tras los atentados en la capital y salté también a los inocentes colaterales, al pensar en los musulmanes. A su religión se la trató de hacer culpable y aliento de las peticiones de unos locos y medité sobre lo injusto del escaso reconocimiento de la literatura del mundo árabe, un único premio Nobel entre tantas aportaciones fascinantes, Naguib Mahfuz, que lo recibió en 1988. Atentaron contra el pobre Mahfuz unos extremistas acusándolo de blasfemar allá por el 1994, quien a causa de los daños, tuvo dificultades de movilidad en los brazos y tuvo que contentarse con escribir relatos cortos para la revista Misfildunia, un término precioso para denominar la mitad del mundo. La otra mota de inspiración que había propiciado la obra teatral en Madrid era August Strindberg, un dramaturgo y novelista sueco con intereses múltiples y fascinantes, desde la alquimia, hasta la fotografía y el expresionismo en el arte, de ello que tuviera amigos tan variopintos como Munch o Gauguin. 

Uno de los escritores que más incidió en la obra de Strindberg fue Henrik Ibsen, noruego y padre de la obra Casa de muñecas quien también tuvo una gran relevancia en los relatos cortos de de Chéjov. Me gusta cuando se refieren a alguien con el adjetivo escandaloso, porque por lo general, viene a  sugerir que dicha persona camina contra los convencionalismos caducos de una sociedad conservadora y, a Ibsen, así lo catalogaban. De la lucha contra los valores impuestos del sistema conduzco hacia Hakim Bey, pseudónimo en árabe de Peter Lamborn Wilson y al filósofo austriaco Paul Feyerabend, de quienes extraigo dos ideas análogas. Del primero, las nociones de anarquismo y pacificismo en el Islam, del segundo la idea del anarquismo filosófico y científico, la negación de lo empírico y del absolutismo de la ciencia y la razón, lo que ha denominado como dadaísmo epistemológico. Algo así como el nihilismo de Nietzsche protagonizado por Muchachada Nuí. Asimismo, el propio Feyerabend utiliza argumentos de otro filósofo del romanticismo, Kierkegaard, para refutar la idea del absolutismo de la razón.

A veces es necesario contar el truco,  desgranar el secreto de la magia para que esta consiga sorprendernos aún más si cabe, pero sobre todo para sacudir nuestra mente y despertarla del letargo en el que parece que estamos sumidos. Este es un ejercicio que se puede practicar los domingos, no entrama riesgos, no es caro y quizás nos ayude a comprender de dónde venimos,  quiénes somos y adónde vamos. Merci Gauguin.

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