El compartir y el gritar

Lo que les propongo no es otro ejercicio de meditación al uso, sino más bien un acto de realización externa, en el sentido más literal del término realize. Cierren un momento los ojos e imaginen una distopía; pero no un paraje desértico poblado de estructuras metálicas y humeantes bajo un cielo naranja, sino más bien una distopía primermundista.

Imaginen un mundo en el que todos se esfuerzan para sobresalir en su campo mientras se premia la mediocridad. Imaginen una sociedad que concede la misma importancia a la opinión de un experto que a la de un autoreconocido ignorante. Imaginen un país donde paguemos directa o indirectamente por lo que nosotros mismos producimos. Imaginen un mundo no al revés, sino al opuesto.

El panem et circenses se reconstruye en la España actual en una suerte de futbol et politiquem donde los seguidores de unos y de otros echan pestes del opuesto frente a la masa mayoritaria que bebe de ambos. El fútbol se politiza; la política se fanatiza. No se inquieten, pongo ejemplos.

Era de alabar (y alabado) hace más de diez años el espacio El día después. Humor, curiosidades y un periodismo deportivo que nos recordaba que el fútbol era, ni más ni menos, deporte. Un programa donde jamás escuché la defensa encarnizada de un equipo o de un jugador por los colores que representaban y donde los gritos solo los proferían los aficionados en los estadios. Informe Robinson, aunque continúa vigente, era periodismo especializado, para eruditos del balompié. En definitiva, programas de calidad tanto por la preparación como por contar con invitados conocedores de lo que había y de las formas a tratar: Ignacio Lewin, Michael Robinson, Jorge Valdano. Seres que transmitían más con los silencios y las miradas que con sus palabras.

Si nos centramos en los programas deportivos más vistos de la parrilla televisiva en la actualidad, los nombres sobran. Llámenles Deportes Cuatro, El chiringuito, Jugones, El chiringuito de Jugones o como ustedes quieran, la columna vertebral que los une es la misma: el fanatismo. Lógicamente, de ahí van saliendo como si se desenmaraña un cable otros valores propios del fúbtol más despreciable: odio al rival, mentira, chabacanería, zafiedad y así hasta completar el abecedario. Periodistas que se codean con colectivos Periodistas que se codean con neonazis, autorreconocidos agentes FIFA que se lucran con el público de sus propios programas, locutores participando en humillaciones colectivas a un sintecho. La lista sigue con invitados cuya función es defender a toda costa a uno de los dos grandes equipos como si de un club de debate se tratase y con shows montados únicamente para predecir mentiras a costa de ganar tiempo entre discusión a gritos y discusión a gritos. Entre tanto, la pantalla se corta longitudinalmente y alrededor de un tercio, por la parte inferior, se llena de opiniones y juicios de valor por parte de los internautas. Entre faltas de ortografía y de respeto muere la objetividad y la pasión por un deporte.

Antes, aunque el fútbol pudiera llegar a ser eso, la política se mantenía en una esfera de esnobismo que permitía unas opiniones y análisis fundados, un debate sano, una tolerancia cero con la mentira y la manipulación (o al menos eso es lo que creíamos). Cómo tiene que estar el panorama para que la gente recupere la fe en los debates electorales al ver a Iglesias y Rivera tomándose un café y medio respetando los turnos de palabra. Cómo tiene que estar la política para que el futuro líder de un partido de izquierdas tuviera que estar durante meses haciendo de sparring de dos contertulios de la más rancia derecha (ojo, uno de ellos director de un periódico) que para colmo utilizaban recursos, cuanto menos, moralmente discutibles, para pretender ganar un debate fútil en la farsa política de La Sexta Noche.

Hay dos lecturas primordiales, aunque diametralmente opuestas, que sacar ante esta oleada de interés político. La primera, de alegría, es la ilusión del pueblo tomando el poder, de un pueblo formado, consciente y crítico que deposita su confianza en candidatos que explican sus programas mientras acuden a espacios que antes no estaban reservados a ellos (véanse a Sáenz de Santamaría, a Cifuentes, a Rivera y a Iglesias en El Hormiguero 3.0). La segunda, una extraña mezcla de desesperación y resignación, el sabor metálico del fracaso del que ve cómo han desprestigiado la forma de acabar con las injusticias, del que ve cómo con un baile por televisión o una referencia a la infancia del rival político la política desciende al infierno de la anécdota, de las apariencias de los candidatos. Se pretende conocer a la persona más que al político como si se trataran de personajes que debieran ser transparentes y cien por cien públicos en lugar de mirarlos con lupa para velar que cumplan lo que prometen, que dejen la retórica sofista y los eslóganes baratos a un lado para ser sinceros y directos con la gente que, de momento, les paga un sueldo de diputados.

El Hormiguero, El programa de Ana Rosa, Al Rojo Vivo, La Sexta Noche, El gato al agua, Los desayunos de TVE, Las mañanas de Cuatro. De cuando en cuando, la pantalla encoge un tercio por debajo. Adivinen qué sucede. Voilà. Escupidores de lo escuchado mil veces, altavoces de información no contrastada, ridiculizadores de la verdad con simplificaciones que no permiten ver los espectros completos. El microblogging mató el análisis cuando este le concedió un hueco. 140 caracteres para expresar una opinión solo sirven en los totalitarismos más atroces. La cultura del compartir nos convirtió sin darnos cuenta en emisores mudos que nos acomodamos siendo conductores de un mensaje ajeno. Dediquemos la cuarta parte del programa a leer lo que otros dicen, a decir lo que otros piensan, a preguntar lo que otros ya saben qué se va a responder. Ampliemos en la pantalla artículos de periódico señalando lo importante en amarillo, por si el espectador se pierde ante el extraño espectáculo de tanta letra junta. Hagamos el indio e imitemos a Javier Krahe en un mitin político por el predominante hecho de que se hable de uno. Bailemos en precampaña electoral. Lo próximo será un debate futbolístico-político: el doble de risas, el doble de gritos. Quién sabe, quizá en un par de legislaturas el ministro de Cultura y Deportes vaya al Congreso con su camiseta del Real Madrid. El compartir es como el gritar, todo es empezar.

Escrito por Carlos Iglesias

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