Porqué nos gustan las películas de Woody Allen

Algunas manifestaciones artísticas parecen estar tocadas por un halo divino, aún habiendo sido construidas por las manos del hombre inciden en una capa muy primitiva y emocional de nuestro ser colectivo, como solo lo pueden conseguir la religión, el sentimiento de pertenencia a un pueblo, etnia o comunidad o el amor familiar.

Es cierto que en ello, el subjetivismo individual alimentado por nuestra psique y nuestras experiencias personales juegan un papel primordial, por lo que no todos experimentamos las mismas sensaciones cuando disfrutamos de una obra cultural, pero si nos regimos por el poder de las mayorías, podemos afirmar sin equivocarnos que coincidimos en la experimentación de emociones similares según qué estímulos se nos activen. Es debido a la percepción de estos sentimientos comunes y a la identificación de ellos en etiquetas que nos organizamos en colectividades, partidos políticos, religiones, asociaciones vecinales; todos ellos muestran nuestro gusto por el orden frente al caos, a pesar de que una estricta categorización de ellas en casillas pueda incitar a la segregación, al racismo y al odio.

Bajo mi modesto punto de vista, olfato, oído, tacto y gusto, estimo que Woody Allen ha alcanzado esa cualidad de los verdaderos artistas que consiste en sublimar nuestras experiencias individuales en un código común, un abecedario cifrado en lenguaje cinematográfico. Esas escenas que nos construye nuestra imaginación centinela del sueño que expresan algunos de nuestros deseos ocultos o prohibidos, las cuestiones inconvenientes o socialmente cuestionables que nos asaltan, nuestros miedos más irracionales, el flirteo con el que jugamos al azar y las ínfimas posibilidades de que este nos favorezca.

Allen ha recreado en su mente una humanidad esférica atemporal, un punto más denso que un agujero negro, en el que pelean y se fusionan todas las capas de nuestra cultura grecolatina occidental, todos los sentimientos humanos, la historia de la filosofía, los pecados, los anhelos…

Cuarenta y nueve películas dirigidas por él, más en las que él participa como guionista y otras tantas como actor, últimamente a casi una por año; la última que se ha estrenado en España este octubre, Irrational Man, consigue una vez más abrirte la puerta a ese universo Allen, música homogénea y casi monótona, narcótica, escenarios que nos son familiares, estética de clase media-alta con conversaciones intelectualmente elevadas, personajes con debilidades muy comunes y tramas aparentemente cotidianas que derivan en un nudo existencial al que hay que poner remedio o final. En esta en concreto, se trata de racionalizar un asesinato cometido por el bien común como bandera por un profesor de filosofía que encuentra en ese anodino acto el sentido de su vida. Aquello que consigue el director es que incluso nosotros los espectadores, que mayoritariamente no cometeremos ningún crimen de sangre a lo largo de nuestra corriente vida, logremos simpatizar con el asesino, comprender los motivos que lo llevan a hacerlo, entrando quizás en el bucle de asentimiento colectivo frente a las atrocidades actuales. Él desempolva el absolutismo férreo de la ética y lo sacude para cuestionar sus dogmas y en caso de que sea posible, deja a nuestro juicio proponer su actualización.

Innegablemente hay algo mágico alrededor de las películas de Woody Allen, la erótica del espejo en la que se evaporan nuestros pecados más ocultos o nuestros deseos más impuros, porque él, genio ya lo ha pensado por ti, o mejor dicho, lo ha conseguido expresar culturalmente, abrazándote desde la lejanía de su claqueta y diciéndote: tranquilo, eres humano.

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