La abnegación del ocio

El sexo tiene clases. Dos grills shows se encuentran separados por menos de cien metros. Uno es concurrido por personas de clase media –la clase media efímera y voluble colombiana- obreros, pintores, electricistas, al otro acuden los jefes de los obreros, los que diseñan los planos y poseen las casas. La entrada del primer establecimiento es psicodélica, pareciese que de un momento a otro vayas a entrar en otra dimensión, arropado por luces cálidas y llamativas, un pasillo te dirige hacia la sala principal. El pasillo es impersonal, entras y olvidas tu nombre, apellido, olvidas cómo has llegado hasta allí, la cara del taxista que te dejó en una esquina alejada de tu destino, olvidas a tu mujer y a tus hijas. Hay flechas que te recuerdan el camino para que no te pierdas. El pasillo es pequeño y estrecho, desemboca en una sala grande y oscura pero iluminada por varios puntos de luz roja. Las televisiones que coronan la sala ofrecen una luz alternativa, otro punto de visión con el que poder enfocar mejor los cuerpos borrosos que bailan en la barra. En ellas están retransmitiendo porno, –ese re- se podría re-usar las veces que uno quisiera -re, re, re, retransmitiendo– porque nunca cambian de canal, porque no hay otro canal.

Una chica sube a la pasarela, es rubia y está semidesnuda. Puede que tenga veinte años, treinta o quizás cuarenta. Los años bailan al unísono de sus caderas, hace mucho que perdieron el ritmo, pero se siguen moviendo, siguen corriendo y olvidando cada noche porqué bailan. Sus pechos podrían ser los de una niña de quince años. Tiene estrías y el pelo fino. Se desliza por la pasarela y pega su cuerpo a la barra, los brazos se le descuelgan del cuerpo, la música no le invita a bailar, pero en la fiesta de la prostitución nadie sale ni entra gratis. La canción va por el minuto dos y ella ya se ha quitado el tanga, solo le quedan unos tacones de vértigo. La televisión sigue retransmitiendo, el camarero ya no la mira, es el mismo espectáculo de todos los días, “han perdido la creatividad” pensará.

Acaba la canción y la chica se va. Abre una puerta, ella entra y otra joven sale. Tienen el mismo pelo fino, los mismos pechos prematuros, las mismas facciones borrosas, pero bailan otra canción, con otro tanga con el que distraer a los clientes.

 

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Los grill shows son edificios completos, se consume prostitución y drogas. En la planta baja está el show, en las demás el grill. Colombia es una de las cunas del turismo sexual y narcoturismo, cientos de páginas web venden el país como un paraíso de putas y drogas. Las nacionalidades que más explotan esta faceta del país colombiano son las estadounidense, israelí y alemana. La droga es barata y las putas jóvenes. Para los turistas, hay construida una perfecta red para que se sientan como en casa. Desde taxistas que solo trabajan para este tipo de turismo, como los Party Hostels en los que dentro se puede consumir sin tapujos drogas y prostitución.

El segundo grill show es un poco más sofisticado. Dos porteros que incluso tienen cara amigable te esperan en la entrada. Aquí no hay pasillo, solo tres escalones. Los colores de este espacio son diferentes, abundan más tonalidades frías, azules y grises, solo hay una pantalla de televisión con videoclips de reggaetón. Muchas mesas orientadas entorno a la pasarela, la reina del lugar. El dj hace las veces de conductor de la fiesta de la prostitución: coge el micro y anuncia a la ganadora. “Por aquí entra la conejita mala” Una puerta se abre y las miradas se clavan en ella. Una exuberante chica de –que no con–  pechos operados, culo operado, labios retocados, extensiones en las pestañas, pelo largo y falda corta. Sube a la tarima y comienza su baile. Lanza una sonrisa a un grupo de chicos sentados en una mesa, quizás sean sus amigos. Minuto dos de la canción y se quita el sujetador. Sus pechos están gritando, no tiene estrías sino grietas. Como si de un martillazo se le hubieran rajado en finas líneas las tetas, estos no resistirán otra operación más. Ella no baila, modela. Contonea su figura por toda la pasarela, juega con la barra siempre con la vista en otro lugar, a veces busca a alguna de sus compañeras que esperan el relevo, otras, olvida observar y se limita a ser mirada.

Para ellas, la jornada laboral nunca empieza y nunca acaba. Su profesión no es un estilo de vida, es una condición vital. Si negocio es la negación del ocio, para ellas el negocio de la prostitución es la negación de su identidad.

La música acaba, el dj la despide y presenta a la siguiente candidata. El eterno retorno, el tanga infinito. Se abre la puerta y sale una chica de la sala espera. Sabe que el quirófano está apunto de analizarla y escrutarla a través de miradas. Hace el mismo recorrido que su compañera hizo minutos atrás. Tienen el mismo cuerpo, las mismas facciones, la misma cotidianidad y distinta historia. Ellas son productos en serie en una cadena infinita de producción.

 

¿Cómo es la luz diurna de un grill show?, ¿cómo se verá aquel pasillo con las luces apagadas y el sol entrando por la puerta?, ¿apagarán las teles cuando duermen?, ¿con qué sueñan?

 

Celia Arcos